Confesiones de Lobos – Fundación Tres Pinos

Confesiones de Lobos

mención de honor II Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Martín Andrés Haín

Para sentirse mal con uno mismo, dijo el que manejaba, lo que se dice una inmundicia, hay pocas recetas más efectivas que hacer llorar a una vieja. Reproches violentos combinados con recuerdos desagradables y culpas jamás expiadas, reales o no, la quebrarán sin piedad.
El asco que se experimenta ante la desesperación de la vieja es exquisito. Y para lo último, tomarla de los brazos y sacudirla, fuerte pero con cuidad, a lo sumo dejar algún moretón allí donde aprietan los dedos. Que vuelen las lágrimas, pequeñas pero pesadas, lágrimas difíciles, de anciana, que dejan una estela marcando la huída, porque del susto jamás se atreverá a mostrar la cara mientras viva.
-La vieja, ¿Es tu mamá? –le pregunté yo, que iba de acompañante.
-Ajá.
Detrás mío alguien aspiró un sorbo rápido, como a quien le clavan un aguijón.
Estábamos respondiendo una pregunta simple que se había formulado desde la penumbra: ¿cuál era el recuerdo más bochornoso que estábamos dispuestos a contar? Parecía un juego, pero en realidad era un asunto más oscuro.
Era un pacto de caballeros.
Atravesábamos un interminable banco de niebla.
Obligados a bajar la velocidad, todo era demasiado lento para cuatro hombres que regresaban de una despedida de solteros. El homenajeado ya no nos acompañaba, pero su presencia seguía pesando, insistente.
-Irma –dijo una voz que se elevó desde atrás-, mi hija se llama Irma.
Se hizo un silencio breve, incómodo. Alguien carraspeó.
-Eso no parece tan malo –acoté.
-Irma –explicó la voz- es el nombre de una actriz porno que me volvía loco, loco como puede ponerte alguien a quien viste en películas y en fotos centrales de revistas. Mi hija se llama igual que una prostituta. No puedo nombrar a una sin imaginarme a la otra. Es como condenarla a hacer las mismas porquerías, y en el fondo disfrutarlo.
Hizo una pausa.
-Yo lo propuse. Mi mujer estaba embarazada de ocho meses y me despertó a las tres de la mañana para preguntar qué nombre le íbamos a poner. Ella no podía dormir, y tampoco me dejaba dormir a mí. Irma, le respondí. No sé porqué lo hice, ni cómo me entendió, yo tenía la cara contra la almohada. Pero le gustó, y así le quedó.
Una risita muy suave. Luego otra, menos tímida. Al final nos reíamos los cuatro, el papá de Irma inclusive. Pero las risas también rubricaron la aceptación del delito. Conocíamos a Irma, una hermosa niña rubia de tres años, y ahora la veíamos a través de los ojos del padre. Era una digna entrada a nuestra nueva hermandad.
Aquella noche había pasado a buscar a Rafael, el novio, por su casa.
-¿Listo? –le pregunté cuando entró al auto.
-Supongo que uno nunca sabe si está listo para casarse.
-Pregunto si estás listo para la fiesta que te armamos.
-¡Pero claro! –le cambió la voz, se le iluminó la cara-
Espero que se porten bien. Rafael había sido nuestro jefe directo. Después pasamos a otras unidades, progresamos, se diría que lo dejamos atrás: era bueno para apadrinar a los nuevos, pero sus vicios y arrebatos no lo favorecían a la hora de los ascensos. Pese a todo la amistad continuó, o más bien una especie de gratitud que nacía de los códigos.
De vez en cuando todavía nos tocaba actuar juntos, si la operación requería una dosis especial de brutalidad. Interrogatorios, por ejemplo, ó escarmientos. Alguna limpieza.
Vos no te portaste muy bien que digamos – le recordé-, nos hiciste pasar las de Caín.
-Ah, bueno, pero fue divertido.
-Uno se despertó en el desierto y no llegó a la ceremonia.
-Casi se salva.
-Lo encontraron deshidratado y delirante tres días después.
-Maricón…
-Otro se acuerda de esa noche cada vez que se baña y cuenta los veintisiete puntos.
-Eso fue mi accidente- se rió-. Si hubiera mantenido el equilibrio…
Todavía le causaba gracia. Pasé a buscar a los demás y enfilamos para la ruta.
¿Qué es tan Fuerte en un hombre que lo obliga a guardar los secretos más oscuros como si fueran su mayor tesoro? La vergüenza, que tiene un color distinto para cada hombre, y el temor a que alguien la desentierre. No hablo de la vergüenza por una borrachera adolescente, iniciática, ni por el vómito que la sucede, sino de aquella que deja una huella indeleble en el alma por una humillación que debemos ocultar en lo mas profundo, porque si apenas burbujea despierta a todos los demonios, evoca las peores reflexiones de ese oscuro espejo en el que nos miramos cada noche.
Decidimos compartir aquello que no soportaríamos se volviera público. Ojo: digo nosotros, y por nuestras propias razones. Que poco tenían que ver con la moral de la gente común. Ellos se espantarían con cosas que a nosotros nos resbalan, pero desconocen el significado de la lealtad. Entre ovejas la traición es liviana, venial.
No para nosotros. Conocí a la mamá del que manejaba, alguna madrugada nos cebó unos mates a la vuelta de un trabajo. Una señora encantadora. Sé bien cuanto la quiso, lo que sufrió cuando tuvo que echarla. Y fui al bautismo de Erina, una beba divina. Bien criada, bien amada. Seguro que va a ser una mujer decente, una buena ciudadana.
¿Acaso no éramos los mejores garantes de nuestro propio silencio confesional?
-A mi me toca…bueno- dije-, creo que ya sabemos qué fue lo peor que hice.
-Así es- me apoyó el conductor-. Hacemos esto por vos. ¿Verdad, muchachos? Desde atrás llegó un sí ronco, desparejo.
Rafael se emborrachó antes que el resto. Se puso bastante salvaje.
La noche saltaba de antro en antro. A eso de las cinco nos detuvimos en un autoservicio perdido en medio de la nada para comprar cigarrillos.
-Hay algo que jamás hice- dijo Rafael. Se espera una actitud pasiva de alguien a punto de abandonar la soltería, una resignación al mandato de la manada. Sin embargo, en nuestro caso no cabía duda de quien era el líder. Hay costumbres que no cambian.
-Miren esto-, dijo, y sacó un revolver de la campera.
Nuestro trabajo era ejercer la violencia. Pero por lo general no éramos mezquinos. Había un desapego que lo impedía. Éramos profesionales.
Entró al negocio (la puerta chirrió aguda en la noche desamparada: busque en todas direcciones, el hábito inconsciente de la guardia), y se dirigió resuelto hacia el mostrador. Un empleado joven leía una revista, solo. Tendría unos dieciocho años. Granos y anteojos, orejas como velas, huesos que pugnaban por escaparle a la piel.
Rafael apoyo las manos en la fórmica. El otro levantó la cabeza.
– Es mi despedida de soltero- dijo muy serio Rafael. El muchacho sonrío ante la declaración, como quien muestra lastima y al mismo tiempo espera una historia. Rafael extrajo el arma y lo encañonó. El chico se puso blanco. Abrió la caja con manos trémulas y se puso a juntar los billetes.
-No entendiste- dijo Rafael, no quiero la plata. Quiero que te bajes los pantalones.
Los otros me relataron ese intercambio después. Recién entonces entré y los demás miraban la escena con el ceño fruncido. Ya no eran pibes, eran tipos responsables. Habían dejado atrás esas pendejadas.
El revolver se movía como una batuta. Era difícil adivinar a quien le apuntaba.
– Cortala, Rafael- dijo alguien-. El chico llora.
– ¿Por qué llora? Todavía no hice nada.
Pasó del otro lado del mostrador, tomó al muchacho por los hombros y se acomodó contra su espalda inmóvil.
– Sosteneme esto- me miró, me apuntó-. Necesito las dos manos.
Camine hacia él. Me entrego le revolver.
– Dejalo. Rafael. No hacemos esto.
– Vos no me decís que hacemos y qué no. Si no te gusta salí de campana. Nene, no te…
– Sabes que esto nos expone. Mañana salí solo y divertite como quieras.
– Me voy a divertir con vos, hijo de puta malagradecido. Cuanto termine con este va a ser tu turno- dicho en un tartamudeo, por el esfuerzo, mientras basculaba sobre el otro.
Explotaron los frascos en el estante, llovieron vidrios y caramelos frutados. Rafael me miró incrédulo.
De repente, yo era el que mandaba. Así de fácil las cosas habían cambiado. El pibe seguía llorando, los ojos cerrados. Leí el cartelito que colgaba de la camisa.
– Se acabo, Pepe- le dije-. Quedate tranquilo. Aquí no paso nada. No vas a hablar, ¿verdad? Si decís algo vamos a tener que visitarte. Ya nos conocemos, ¿no es cierto?
Temblaba de pies a cabeza. Asintió en silencio y se agachó para subirse los pantalones. Como tardaba en aparecer me asomé para mirar atrás de la heladera, a ver si buscaba un arma o un celular. Simplemente estaba allí, escondido. Trataba de digerir un mal sueño, convencerse de que no había sucedido. En unos minutos volvería a estar a solas con sus historietas, entre góndolas inmutables y ofertas de gaseosas y papas fritas a dos por uno. Guardé el revolver y fui hasta la puerta. Di vuelta el cartel: CERRADO
Les ordené a los otros que limpiaran y salí al estacionamiento a fumar.
La niebla se ponía cada vez mas espesa.
Alguien tosió. La espera se alargaba.
-Vamos, te toca a vos- rogué-. Sos el último.
-No puedo… es muy feo lo que hice. ¿Para qué, si igual no podemos hablar?
-Si no te confesas no podemos confiar en tu silencio, lo sabes bien.
Pero no hubo manera de convencerlo. Paramos en la banquina y lo empujamos afuera. Los faros cortaban el aire sólido. Cayó de rodillas, la posición reglamentaria.
El disparo sonó para siempre. Sentí curiosidad, pero no desconfianza. Cómo iba a sospechar de él. Qué habría hecho el pobre, me lamenté, que no se animó a contarlo. A nosotros, sus hermanos. Qué cosa terrible le pesaría en la memoria: el aprobio de una afrenta, tal vez un desengaño. Lo que jamás me iba a cruzar la mente era una traición.
Nos abrazamos los tres, tiritando.
Cuando nos quisimos dar cuenta, doctor, las luces titilaban rojas y azules, cada vez mas cerca, adelante y atrás. No había nada que hacer, salvo aguardar. El ultimo secreto estaba allí, un legado póstumo que al fin se declaraba, y nosotros éramos los herederos.
Levantamos el cuerpo y lo acostamos en el baúl. Con cuidado, con afecto, al lado de Rafael. Luego repartimos las armas y los chalecos. Cada tino buscó su lugar acostumbrado. No hubieron despedidas ni recriminaciones, las palabras sobraban.
Solo quedo yo, y me falta poco para irme. Usted conoce el resto: ahora le pido que se olvide de todo. Por respeto. Porque ahora sabe que los lobos también se confiesan.

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