Conciencia del valor de la palabra
por Cecilia Pagola

Uno se pregunta por qué hablar de la palabra en relación a la conciencia. Y realmente hay muchas razones por las cuales tomar conciencia de las palabras que usamos, con las que nos expresamos, describimos nuestro mundo y nuestra realidad.

Porque ciertamente no siempre somos conscientes de las palabras que usamos. Vienen con el desarrollo de la lengua -la materna primero y luego la que vamos adquiriendo por las tradiciones familiares, ideológicas, la cultura- y las que vamos tomando de diferentes instituciones que nos van formando a medida que vamos creciendo.

Pero realmente, qué tan conscientes somos de lo que decimos, del valor que nuestras palabras tienen, y de cómo nos definen en este mundo. El hecho es que me encontré pensando en el peso que nuestro ser adquiere a partir de las palabras. Si se quiere, un valor ontológico del ser en sus palabras.

Lo que me llevó a argumentar sobre aspectos personales- o más bien particulares- y otros sociales –o generales/colectivos- . Una argumentación que fue surgiendo sola, a partir de una experiencia personal pero que me llevó a sopesar ésta relación de las palabras y los valores, y de cuánta conciencia tenemos sobre el modo en que su utilización nos va definiendo, como seres particulares, pero también como seres sociales, complejos.

Paso a relatar:

La hipótesis surge de la premisa “la palabra dejó de tener valor y pasó a tener precio… y costo”. Dejó de ser un significante de ética, moral, honor, para ser algo de intercambio como una moneda. Entonces vemos cómo las palabras utilizadas para describir atributos, valores, acciones, hoy quedan banalizadas por la inacción, el vacío de contenido, la insignificancia de su símbolo –marca- o por lo efímero de su propia existencia -pensando en lo oral: a las palabras se las lleva el viento-.

La palabra es uno de los soportes que tiene el ser humano para expresarse, para comunicar. Es la capacidad de simbolizar la que nos distingue del resto de los animales. Pero esa capacidad es la que también nos admite el doble discurso, el doble estándar.

Cuando algún funcionario público o político, pretende tener lo que en comunicación se llama visibilidad, estará siempre muy pendiente de que lo que dice sea reflejado en los medios de comunicación, de que sus promesas o compromisos sean reproducidos con las palabras que utilizó, porque esas palabras son las que vuelven representativa su gestión, son las que hacen que uno, como receptor, intuya cuáles son los valores que atraviesan sus acciones.

Ahora bien, muchas de las cosas que se dicen, las promesas, resultan pronunciadas de forma maniquea o nunca se llevan a cabo, pero son utilizadas porque resulta correcto nombrar ciertos temas en determinadas circunstancias. Y cuando algunas de sus palabras son tergiversadas o no son fielmente expresadas pueden derivar en un alto costo para sus intereses políticos.

De este modo, el primer argumento me llevó a considerar el discurso social y su reflejo en los medios de comunicación masivos. Cómo nuestras formas de nombrar revisten posturas instituidas, dominantes, que designan nuestra vida cotidiana.

A niveles masivos lo mismo ocurre con las publicidades. Vivimos bombardeados por mensajes publicitarios. Difundida en los medios la publicidad es la mejor forma para dar a conocer e informar sobre los productos que las industrias tienen para ofrecer.

Llia Ruiz Muñoz
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

¿Cómo trabajan en nuestra percepción los mensajes de las publicidades? Dotando de valor simbólico a los productos, promoviendo valores, adjetivaciones, características no de utilidad, sino una cualidad, una virtud que es improbable, inverosímil, pero que hace que quien quiera dotarse de esa cualidad “necesite” ser portador de ese producto. Es decir, ese producto va a dotar de esa cualidad a quien lo tenga. Ejemplos sobran, porque en el caso de las publicidades ni siquiera hacen falta las palabras, sino que una imagen puede significarlo todo: estamos hablando de signos y símbolos. Pensemos en las cremas anticelulitis, los autos para hombres o para las familias, las mujeres que limpian cocinas como princesas, los remedios, las bebidas gaseosas y las alcohólicas…

Sin embargo, ante los reclamos de los consumidores, ante estafas de empresas, falta de resultados sobre gestiones en servicios, las palabras son desestimadas y eludidas. Parecen mudas.

Lo que ocurre con la publicidad[1] es la mercantilización de la palabra, la palabra posee un valor de intercambio cuyo sentido-significado es sobrevalorado, porque como se sabe, las publicidades no siempre reflejan la veracidad de un producto. Su intención es vender el producto y que la persona consumidora sienta que su necesidad fue saciada parcialmente, -de hecho para que la rueda económica continúe girando estas necesidades nunca deben ser del todo satisfechas-.

No se puede dejar de lado que vivimos en una sociedad de consumo y que el consumo no solo responde a productos tangibles sino también a productos culturales y que es todo ello lo que va conformando nuestro mundo real y simbólico.

Interpretar el entramado desde el cual se configura el valor de la palabra, nos obliga a pensar la dimensión masiva que ésta cobra en los medios de comunicación –los tradicionales y los que posibilitan las nuevas tecnologías-. Implica necesariamente que pensemos también en los procesos de comunicación social.

En el caso de la palabra mediatizada[2], es decir la palabra que atraviesa los medios masivos de comunicación, toma una dimensión universal y legítima que con la ayuda de otros elementos de conformación, inciden en la opinión pública -a través de la instalación de una agenda de temas- y en el debate de ciertos discursos sociales.

A la multiplicidad de mensajes circulando en los medios se le llama, en comunicación, “sobreinformación”. La “sobreinformación” siempre está acompañada de la “desinformación”. Estamos saturados de información, de palabras y la complejidad o el desafío de esta situación no pasa por estar informados o acceder a la información, sino por saber sobre qué queremos informarnos, y quién queremos que sea nuestra fuente. Cuál es la información relevante y útil, y quién resulta ser un referente de información para cada uno de nosotros.

El rol del periodista fue siempre el de portavoz de la información amparado en el derecho a la información de la población y en la libertad de expresión. Pero mucho del quehacer periodístico se encuentra atravesado por lógicas de mercado y de consumo. La necesidad de mantener el “rating”, la búsqueda constante de “la primicia”, la poca diversificación de fuentes de información, la competencia por “la información”, la transmisión de sucesos cada vez más dramáticos, y las imágenes que componen las noticias, son algunos de los motivos que inciden en la información que consumimos, además del hecho de que los medios de comunicación son empresas con dueños (ya sean estos públicos o privados) y que cada uno lucha por una porción de poder. Y los periodistas, trabajadores de esas empresas, son sus empleados.

En los medios audiovisuales, el periodista es quien desde la pantalla nos mira y cuenta lo que ocurre, enuncia y anuncia lo que es noticia. Pero sobre todo es alguien que tiene la capacidad de acoplarse a las especificidades que el medio requiere, es decir a los tiempos acotados. Esta característica del medio dificulta la posibilidad de desarrollar un pensamiento complejo, ya que los ritmos que impone el discurso televisivo atentan contra esa posibilidad. En este caso la palabra, también resulta efímera como los tiempos.

Quienes entonces deben ser los portavoces, por condicionantes de producción, terminan resumiendo, sintetizando y acotando una realidad que a veces cuesta entender. La transmisión que se hace de determinados temas termina dejando dudas sobre su verosimilitud o generando ideales sobre la existencia de una teoría conspirativa, aspecto nunca confirmado. Como ejemplos de esto puede citarse a la paradigmática Guerra del Golfo Pérsico, la muerte de Lady Di, el ataque a las Torres Gemelas.

Quien tiene información, tiene poder. Y cuanto menos se sepa acerca de los modos en que funciona la industria cultural, la producción de bienes simbólicos, resultará más beneficioso para sus “dueños”. Las agencias de noticias y las industrias cinematográficas de Hollywood, son la mejor muestra de este caso.

A pesar de la diversidad de ejemplos relatados en este desarrollo, caótico por momentos pero fundante de argumentos, observo que quienes más representan la palabra en estos tiempos son los medios de comunicación y quienes por ellos pasan. Por lo que se viene exponiendo, lógicas mercantiles, de consumo, de visibilidad, el propio sistema en el que estamos insertos, han hecho que la palabra, y sobre todo quienes las pronuncian, tomen un lugar preponderante en nuestra cotidianeidad.

Y he aquí la necesidad y complementariedad de pensar la conciencia y la palabra juntas. Porque efectivamente, al hablar de las palabras estamos hablando de quiénes las pronuncian, es decir, estamos hablando del valor ontológico del ser, de cada uno involucrado en este sistema.

Ser conscientes de que nuestro universo vocabular, nuestro universo simbólico, representa mucho más que simples palabras es una de las primeras lecciones que debemos darnos para poder ser críticos de nuestro propio modo de representar la realidad, lo que nos pasa. Considerar esta complejidad que impregna a los actos comunicativos es el primer paso para valorar cada palabra que decimos, para que tenga sentido y coherencia en nuestro accionar. Más allá, dependerá de la conciencia de cada quien.


[1] Se toma la publicidad porque resulta el ejemplo más contundente sobre este mecanismo de vacío de contenido, pero este vacío ocurre en diferentes planos de la comunicación social.

[2] Eliseo Verón trabaja este tema en su libro “Semiosis de lo ideológico y del poder. La mediatización”.