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Con Monzón en su Laberinto
Horacio Convertini

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Periodista y escritor. Actualmente es editor general del diario MUY.

Estaba por cumplir 27 años y todavía soñaba con mi Watergate. No sé cuánto tarda un pibe que se vuelca a la Medicina en perder la ilusión de inventar la vacuna contra el cáncer, o uno que se juega por la Abogacía en aceptar que jamás será el Al Pacino de “Justicia para todos”. Pero a los periodistas, el ideal épico de nuestro oficio (destapar una verdad que poderes aviesos se empeñan en ocultar) nos persigue como un reproche aun cuando ya estamos grandes y la experiencia nos ha vuelto insoportablemente cínicos.
Cronista joven de los ochenta, me inflamaba la ilusión de toparme con un gran caso y ser el partero de revelaciones atronadoras e incuestionables. Una verdad no, “la” verdad que dejara a todos boquiabiertos. Eso es lo que quería, pese a que la vida se empeñaba en bajarme de la palmera a piedrazos. Trabajaba en un diario chico y acababa de ser degradado de subjefe de Deportes a redactor raso de Información General como castigo por declarar una verdad, vaya ironía, en el juicio laboral de un delegado despedido. Me sentaron a dos metros de la oficina del director y de frente a los secretarios de redacción, tres periodistas opacos y eficaces que hacían posible el milagro de que el diario, todos los días y puntualmente, llegara a los kioscos. Me tenían en la mira y controlado.
“Te vas de raje a Mar del Plata a seguir el caso Monzón –me dijeron esa tarde–. Pasás por tu casa, agarrás una muda de ropa y chau”. Sí señor, cómo no señor, y hacia allí fui junto a un fotógrafo. Era el 4 de marzo de 1988. Carlos Monzón, ex campeón de mundial de los medianos, una de las mayores glorias del deporte argentino, llevaba tres semanas preso por el crimen de su mujer, Alicia Muñiz.
Los enviados del diario que estaban en Mar del Plata bancaron bien el arranque de la cobertura, pero habían llegado en enero para la temporada de frivolidades y pidieron volver: ya estaban hartos de comer rabas y arena, sus hijos empezaban las clases y, al fin de cuentas, eran periodistas de la sección Espectáculos y el escándalo policial les pesaba. Yo asomaba como el reemplazo perfecto. Un pibe con hambre de todo, incluso del menú despreciado por mis compañeros.
Llegamos de noche y nos instalamos en un hotel de canje: una pocilga a la vuelta de la estación de micros. Nos metieron en una pieza mohosa y sucia, y a no quejarse porque era gratis. Yo dormí bien. Pero el fotógrafo, asmático, sufrió una crisis respiratoria y terminó en el hospital. A la mañana siguiente, tempranito, nos mudamos a un hotel más decente que cobraba una tarifa razonable para nuestros viáticos. En el camino, cuando paramos en un kiosco a comprar galletitas, nos enteramos de que Alberto Olmedo acababa de matarse a pocas cuadras. Monzón preso, Olmedo muerto y nosotros con los bolsos en la mano. Comprendí enseguida que mis días en Mar del Plata no iban a resultar fáciles.
Olmedo, mareado de champán, amor y acaso algo más, se había puesto a hacer piruetas en la baranda de un balcón y se vino abajo. Para mi agenda de cronista recién llegado, la noticia implicaba duplicar los focos de una cobertura de por sí compleja. Sin embargo, y para mi suerte, todo se fue descomprimiendo bastante rápido: tras el funeral, tanto la gran estrella del drama (Nancy Herrera, pareja del cómico) como los actores de reparto (el Facha Martel, las chicas Olmedo) regresaron a Buenos Aires y la escena se mudó con ellos a 400 kilómetros de donde yo me encontraba. Un alivio.
El drama del ex boxeador, en cambio, se enrulaba cada vez más y la gente consumía sus novedades como capítulos de lo que hoy llamaríamos un reality show. Los medios y sus periodistas estaban divididos. Algunos respaldaban abiertamente al ídolo en desgracia. Otros lo tenían apuntado entre ceja y ceja. Había dos hipótesis en tensión o, si se quiere, dos esbozos de verdad imposibles de congeniar: Monzón asesino, Monzón víctima de una conjura. Ambas posturas, me di cuenta enseguida, obedecían más al cálculo que a cualquier otra cosa. Según el bando en que uno se alistaba (y al tesón con que lo hacía, y a la fidelidad que le profesaba), así era el tipo de información exclusiva al que podía acceder. Yo elegí rápido y por las mías: me hice amigo del abogado de la familia de Alicia Muñiz, un pibe mi edad, provinciano y de hablar manso, sin antecedentes en derecho penal. Su rival, en cambio, era un tiburón marplatense, hábil sacapresos y con experiencia en los chanchullos que se fríen en el puerto junto a los cornalitos. Un tipo con toda la pinta de malo de la película.
Fue una elección afortunada. Empecé a tener antes que nadie exclusivas sobre pericias y testimonios que complicaban a Monzón. El abogado sacapresos, sobreactuando un poco, me amenazaba con juicios y tormentos parecidos, pero yo, lejos de cualquier valentía, seguía adelante estimulado por la competencia periodística. Todos jugábamos a tener el dato que
a los demás les faltaba; si era cierto, mejor.

Un miércoles a la mañana, saliendo de la oficina que el diario tenía en la Rambla y camino al juzgado, me crucé con un compañero de editorial Perfil. “Parece que Monzón va a dar notas”, me dijo. ¡Agarrate! Hasta ese momento, el ex campeón jamás había hablado con la prensa y de él sólo teníamos una imagen posterior al hecho: caminando, con un brazo en cabestrillo, por la escena del crimen. Fuimos volando a Batán. El rumor era cierto y de lo que se trataba, en realidad, era de disimular una maniobra sucia. La revista de actualidad más importante del país, que jugaba a favor de Monzón, había conseguido entrevistarlo la noche anterior. Un premio a su fidelidad. Que las puertas de la prisión se hubieran abierto a horas impropias fue gentileza del director del penal, un prefecto graduado en control mental, método Silva. Decían que su buena disposición con el semanario había sido recompensada. La convocatoria de ese miércoles, justamente, formaba parte de una maniobra para aventar cualquier sospecha de corrupción.
El prefecto nos recibió en su despacho y nos dijo que ese día Monzón sólo atendería a las revistas. Los diarios deberían esperar otra oportunidad. Luego repartió unos formularios para que los llenáramos con nuestros datos personales y profesionales. La trampa era evidente: todas las revistas estaban ya en proceso de impresión y no había modo de que la nota entrara para esa semana, lo que le dejaba la exclusiva a los poderosos amigos del campeón. Fastidio, malhumor y resignación, excepto para mí, que llené la planilla con datos falsos; donde decía “medio al que representa” puse el nombre de la revista dominical del diario y rogué que el control mental del prefecto no detectara la argucia. Los colegas que estaban allí sabían quién era yo y para quién trabajaba, pero me otorgaron la piedad del silencio. Y hasta me permitieron entrar primero, acaso como una venganza por interpósita persona hacia el monstruo editorial que los había madrugado.
Monzón me recibió en una oficina. Vestía una campera negra y una remera roja con un bulldog estampado en el pecho. Aunque estaba muy flaco y demacrado, conservaba la imponencia física con la que había brillado en el ring. En la mirada, de todos modos, se le filtraba la resignación del hombre que ya se ha perdido mil veces en un laberinto existencial inesperado. Curioso trayecto el suyo: de las juergas con Alain Delon a la charla con un cronista novato, de bailar con Ursula Andress en Regines a tomar mate con ladrones de gallinas en Batán. La parábola del héroe caído encarnada en alguien que parecía a salvo.
Lo acusaban de haber golpeado y estrangulado a su mujer, antes de tirarla de un balcón. Él admitía que habían discutido fuerte en una madrugada de alcohol y celos, pero que ella se había tirado sola y que él, en su afán por atajarla, había caído con ella: una teoría insostenible. La entrevista no fue gran cosa. Yo hice las preguntas de rigor y Monzón las respondió según un libreto aprendido. Como hacen muchos culpables, dijo que leía La Biblia y que no recordaba bien los momentos clave del hecho. Le dedicó palabras de cariño a la víctima, madre de su hijo Maximiliano, y sólo se sacó para hablar pestes de sus suegros. El título fue: “Me siento muerto”.
La charla duró media hora, no mucho más. Volví a la oficina con la ansiedad de un nene que quiere estrenar el juguete nuevo. Escribí toda la tarde en una vieja Remington. Después dicté la nota palabra por palabra a través del teléfono porque el diario no tenía telex y el fax todavía no existía. Al día siguiente, en los kioscos se vendieron dos reportajes a Monzón: el de la revista poderosa y el mío. Me sentí un campeón del mundo.
Estuve en Mar del Plata unas cinco semanas. Cuando el caso se amesetó, algo que ocurre una vez que se agotan las pericias, los testigos, las indagatorias y ya no queda otra cosa que aguardar el juicio, regresé a Buenos Aires. Mis jefes me felicitaron por la cobertura, pero se negaron a pagarme los francos trabajados. Por esa razón, al año siguiente, no quise ir al juicio oral. Una decisión basada en el bolsillo de la que hoy me arrepiento. A Monzón lo condenaron a 11 años de cárcel y, en 1995, cuando volvía a prisión en auto tras gozar de una salida transitoria, volcó y se mató. Tenía 52 años, casi la misma edad que yo ahora.
Jamás tuve mi Watergate. El tiempo me enseñó que el periodismo es un oficio duro, casi siempre gris, en el que las epopeyas resultan infrecuentes porque, caso contrario, perderían su condición de tal. La búsqueda del dato cierto, aunque sea el más insignificante, como la temperatura de mañana o el horario del show de los Wachiturros, conforma la médula espinal de nuestra tarea. Y en esa urdimbre de verdades nimias se asienta la relación de confianza con el lector. “La” verdad (si llega algún día) será el producto de una trama de actividades y decisiones burocráticas que ninguna academia valora. Hoy, 24 años después del caso Monzón, me veo muy parecido a mis jefes opacos y eficientes de entonces. La gran verdad que me enorgullece es que, como ellos antes, consigo el milagro de que un diario llegue a los kioscos todos los días y puntualmente.

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