Círculos
de Martín Haín

2do premio VIII Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

 

 

Pies que chapotean, cada vez más cerca, sobre un fondo de lluvia. Miro a un lado y a otro: a las diez de la noche el vestuario es un desierto. Oculto a un costado de la puerta que se abre

al sector duchas, dos escalones más abajo, me asomo al vapor y cuento uno, dos, tres: toalla a la cintura, aparece el ingeniero Miguens. Descalzo, la mirada fija en los escalones, asciende con esfuerzo, hace cima en el charco bajo el umbral. Apenas alza el pie izquierdo tomo un paso sobre su flanco, planto mi pie derecho tras el suyo y lo desplazo hacia adelante al tiempo que, con ambas manos, empujo la octogenaria cabeza atrás y abajo, con toda mi fuerza. Miguens levanta vuelo, la espalda horizontal al piso, y su nuca se estrella sin escándalo contra la arista del escalón inferior. Física, trigonometría y rozamiento nulo, armas letales en el vestuario. La gordura de Miguens se atasca en el desnivel. Se le soltó la toalla: el pene muerto señala, acusador, hacia la derecha, igual que la ganchuda nariz.

Me caía bien el ingeniero Miguens. Lo maté por razones estrictamente matemáticas: una, suficiente, que era un Socio Vitalicio, y la otra, necesaria, que siempre era el último en salir de las duchas. Lo condenó el último edicto de la Dirección del Club, que rezaba algo así como “la precaria economía de la institución nos obliga a mantener el número actual de Socios Vitalicios y suspender nuevos nombramientos hasta que una plaza se libere por causas naturales o de fuerza mayor”. Típico eufemismo del ingeniero Saldaña, ese fatuo administrativo que se cree juez de la Corte. Lo cierto es que en otras épocas los Socios Vitalicios tenían la amabilidad de morir de viejos. Hoy son una tropa en aumento, fláccida pero pulsante, que erosiona sin piedad las arcas de nuestro querido club, y lo degrada asintóticamente al status de hogar geriátrico.

Van cuarenta años que soy socio del Club de Ingenieros. Tengo la cuota al día. Ascendí las categorías una por una: de Estudiante a Profesional y, hace quince años, a Socio Mayor. Cuando la Dirección emitió el nefasto edicto yo encabezaba la lista de candidatos a Vitalicio, por jerarquía y antigüedad. Y yo necesito con urgencia que mi carné diga Ingeniero Ordóñez, Socio Vitalicio. Los Socios Vitalicios están eximidos de pagar la cuota, pero eso es lo de menos: lo importante es que acceden al exclusivo Comedor de Vitalicios. Allí, cada mediodía, se sienta el ingeniero Nelson Stuart, Tesorero del Club, genio de las finanzas, influyente amigo de la ley, la Bolsa y la AFIP, para atender las consultas de los demás Socios Vitalicios. Sólo allí los atiende, de doce a catorce treinta, y sólo con ellos obra los milagros que multiplican bonos, fondos y jubilaciones, para garantizarles una vejez sin sobresaltos.

Me inclino sobre el cuerpo para tomarle el pulso: nada. Admiro el oscuro hematoma, con un dedo trazo en el aire la curva que recorrió la nuca de Miguens. Regreso al armario que lleva mi nombre, me siento en el banco de madera, fresca y descascarada contra mis arrugados testículos. Me quito las zapatillas, me seco la piel manchada, las canas grises: aunque no me bañé estoy empapado. En diez minutos regresará el ordenanza que, igual que cada noche, salió a apagar la caldera. Hoy, además de trapear el piso y vaciar el cesto con las toallas usadas, encontrará el cadáver de Miguens. Nadie me vio entrar al vestuario, nadie me verá salir al pasillo. Cuando abra la puerta del bar del Club, de traje y corbata, listo para beber mi cotidiano whisky, todos creerán que vengo de la calle. ¿Llegó Miguens?, preguntaré, y alguien dirá: todavía debe estar en el vestuario. Medio lento para la higiene, el ingeniero Miguens, dirá otro, y todos festejaremos el humor fácil que se abate sobre los viejos.

Me abotono los puños de la camisa, imagino mi primera entrada en el comedor de Vitalicios. El maitre abrirá la puerta y dirá bienvenido, ingeniero Ordóñez, preparé su mesa junto a la del ingeniero Stuart. Caminaré entre las mesas saludando a mis pares, agradeceré los brindis en mi honor. El maitre retirará la silla para que me siente, luego me ofrecerá el menú. Nelson Stuart interrumpirá la lectura del diario para tenderme la mano, para hacer oficial mi ingreso a su selecto círculo. Bienvenido, Ordóñez, lo esperaba. Gracias, ingeniero. Dígame Nelson, por favor, me contaron que sufrió reveses en Palermo, San Isidro y La Plata. Así es, Nelson, las fijas ya no son lo que solían ser. Deje todo en mis manos, Ordóñez, seguramente le encontraremos la vuelta.

Faltan cinco minutos para que el ordenanza se presente. Tomo mi gabardina, salgo al pasillo. Más allá, en el centro de su charco, se enfría el bulto que supo llamarse Miguens. Es cierto que un Socio Vitalicio no merece semejante destrato, pero a un Socio Mayor tampoco se le niega la promoción, si tiene la edad necesaria y la cuota al día.

En el Bar de Socios Mayores las voces habituales se mezclan con el aroma del cuero, del tabaco, del whisky single malt. Respondo a los saludos, converso con los colegas, me entero de las novedades. Una cátedra va a liberarse a fin de año, se rumorea que el concurso será exigente. Pero si nosotros somos el jurado del concurso, dice el ingeniero Saldaña, Socio Mayor. Oigo risas suaves. Me cae mal el ingeniero Saldaña, no necesitamos gente como él entre los Vitalicios. Miguens anda demorado, dice alguien, y desde la barra le responden: medio lento para la higiene, el ingeniero. Todos festejamos la chanza. Nos iba a traer las fotos del casamiento de su hijo, se pavonea Saldaña: una fiesta magnífica, bailamos hasta el amanecer.

Miguens no me invitó a la fiesta, pero igual no le guardo rencor. Ojalá yo hubiese tenido un padre como él, sostén y ejemplo en el camino a la adultez. La vida de los hombres es una larga escalera, y cada escalón es más alto y más caro que el anterior: escuela, facultad, familia, trabajo, posición. Gastos y más gastos. Los infinitos exámenes de una carrera sin diploma, y al final, inexorable, la caída: aburrimiento, angustia, amantes, caballos, deudas, fraude y cárcel.

Aparto de mi mente esas reflexiones indignas. Socios Vitalicios, pienso, allá voy. Nelson Stuart va a salvarme de la desgracia. ¿Acaso no fue él quien impidió, en un revuelo de llamados y papeles, el embargo del ingeniero Scordamaglia, y el suicidio del ingeniero López? Miro la hora: el ordenanza ya habrá dado la alarma. Oigo un tumulto de pasos afuera del bar. Cuento uno, dos, tres, y levanto la vista. Las puertas se abren con precisión cinemática. Un desconocido entra, rompe el súbito silencio de voces y cristales y dice:

Caballeros, soy el subcomisario Vieytes. Lamento ser el portador de malas noticias.

Llegado mi turno de declarar me permito la incredulidad, el enojo, la congoja.

Esto es terrible, subcomisario. Además de excelente ingeniero, Miguens era un amigo. ¿Usted tiene idea de lo que pudo pasar? Según las primeras pesquisas, dice Vieytes, el occiso se rompió el cuello en los escalones que llevan a las duchas. Entonces, digo yo, ¿se trata de un accidente desgraciado? Puede ser, dice el policía, y agrega: tenemos un posible testigo, un socio que se estaba bañando y al salir de las duchas descubrió el cuerpo. Ese mismo socio llamó al 911.

Me toma dos segundos entender que el subcomisario dijo socio en vez de ordenanza, y uno más esconder el pánico, recobrar la calma: si el socio me hubiese visto yo ya estaría esposado, rumbo a la comisaría. Vieytes acepta mi coartada, concluye con las preguntas de rutina. Antes de partir le deseo buena suerte en la investigación.

Llego a casa bien pasada la medianoche. Mi esposa me espera con la comida lista. La noto nerviosa: pone sobre la mesa dos cartas documento, dice que llamaron del banco por el préstamo y por la hipoteca. También le tocaron el timbre para dejarle una encomienda con remitente de La Plata: al abrir la caja encontró una rata muerta. Se larga a llorar, la pobre, y yo la abrazo, le pido que no se preocupe, le digo que ya me siento Vitalicio.

Suena mi celular. El ingeniero Saldaña, el mismo que escribió el edicto y se preció de haber sido invitado al casamiento del hijo de Miguens, me pregunta si ya me enteré de quién estaba en las duchas. Ante mi silencio obstinado, golosamente responde: Nelson Stuart.

Las pruebas se abalanzan sobre el ingeniero Stuart, circunstanciales todas ellas y sin embargo incriminatorias por acumulación. El ordenanza declaró haber encontrado a Nelson inclinado sobre el cuerpo de Miguens. El forense dice que la altura y el peso de la víctima no se corresponden con la magnitud de las lesiones. Que otras manos, a su criterio, se aplicaron a la tarea de desnucar a Miguens, y que en ese momento las manos más cercanas eran las de Nelson Stuart, quien, ciego por el shampoo y ensordecido por el estrépito del agua, nada vio y nada oyó.

La hipótesis del forense desnuda la falla de mi plan: al oir los pasos de Miguens sobre el ruido del agua supuse que mi colega había dejado abierta la ducha, derroche común y por cierto censurable, pero en realidad era Nelson que se estaba bañando. No tenés perdón de Dios, Ordóñez, me reprendo a mí mismo, es de ingeniero bisoño suponer que un diseño complejo, como lo es un crimen, va a desenvolverse con la pureza de una prueba balística. Claro que tampoco es justo asumir toda la culpa: ¿qué hacía, en ese lugar y a esa hora, el hombre que iba a salvarme de la ruina? Genios, creativos y artistas, en ocasiones resultan impredecibles. ¿Justo esa noche se le había antojado a Nelson Stuart romper los hábitos de una vida ejemplar, una vida de duchas matinales?

Echan bajo mi puerta un sobre tamaño oficio. Es el boletín mensual del club, esta vez acompañado por la tarjeta que me da la bienvenida al selecto círculo de los Socios Vitalicios.

Pasan las semanas. Después de almorzar en el Comedor de Vitalicios, manejo hasta el Penal de Ezeiza para visitar a Nelson Stuart. Me someto al humillante manoseo de los guardias, a la mirada hambrienta de los internos. Pago mis culpas visitando al colega inocente, aguardo la justa recompensa al cabo de mi generoso acto de contrición.

Nelson, lo saludo, cómo estás hoy.

El juicio sigue su lento curso, pero por si acaso la Dirección del Club se apuró a expulsarlo. Cuestiones morales, adujeron. Cada vez que el maitre me abre la puerta del Comedor, le pido por lo bajo que me ubique lo más lejos posible del ingeniero Saldaña, que me echa a perder el apetito con sus chismes, su mal gusto, su pasmosa ignorancia en cuestiones financieras.

Saldaña, promovido a Vitalicio gracias a la plaza que liberó Stuart. Saldaña, inmerecido beneficiario de mis labores. Saldaña, flamante Tesorero del Club.

Estoy bien, dice Nelson, sonrisa débil y anglosajona templanza.

Le aseguro que sigo trabajando junto a sus abogados, que las pruebas en su contra son débiles. Él agradece mi esfuerzo, mi paciencia, la lealtad que me distingue de los hipócritas que él creía sus amigos. Lo noto conmovido. Es el momento justo para pedir socorro

Nelson, le confieso, estoy en quiebra. Bancos, prestamistas y apostadores, todos vienen por mí. Es la cárcel o la muerte. ¿Podrías ayudarme, igual que ayudaste a tantos otros?

Nelson suspira. Levanta las manos en un ademán aristocrático, no exento de impotencia.

Ordóñez, amigo mío, para bien o para mal soy un hombre que cree en las clases sociales, en la jerarquía meritocrática. Antes, yo reservaba mis mejores consejos para los Socios Vitalicios.

Ya no pertenezco a ese ámbito, mi nuevo círculo selecto lo integran los presos del Penal.

Mi cabeza, reflejada en el cristal de seguridad que nos separa, asiente en acuerdo con las nuevas reglas. La escalera de la vida a veces nos acerca al destino soñado, y otras nos aleja. La matemática enseña que a cada problema puede caberle más de una solución: una sería apostar por el eventual sobreseimiento de Stuart y su consiguiente restitución al Club y al Comedor de Socios Vitalicios. La otra implicaría entrar en su nuevo círculo selecto, promoción para la que, desde mi punto de vista, reúno suficientes méritos comerciales y penales. Se trata de un simple ejercicio de sincronización: contar uno, dos, tres y saltar dentro del círculo que ocupa Nelson. Y si la torpeza policial resultase un obstáculo, lo cierto es que el ingeniero Saldaña me cae cada día más antipático, y su presencia insoportable me tienta a repetir, con mejoras y correcciones, los cálculos de física y trigonometría que ensayé en el pobre Miguens.

Puzzle – Laura Haydeé Mastracchio
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”