mención de honor VI Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Humberto A. Morel

Estoy un poco borracho, confieso. Salimos a fumar a la puerta del bar. El barrio me sorprende, no es el mismo lugar al que llegué hace horas. La noche, que era apenas un ligero síntoma
cuando entré en al café, se convirtió en una enfermedad declarada y purulenta, las profundidades oscuras le habían cambiado el semblante, ahora un tanto más agradable, para mí claro, lejos
de esa vitalidad familiar de las ocho y más cerca de ese estado terminal de las cuatro. Ya solo quedan los habitantes que me son más afines: los amanecidos, los que no se acostarán de
noche, por lo menos en sus camas, los que llegan por las mañanas a eso que reconocen como su hogar alumbrados por el sol y acompañados por (lo que más odio) el canto de los pájaros. A veces
creo que existen dos tipos de personas en el mundo: los míos, los amanecidos, y los despertados, lo creo con la firmeza y la vehemencia que creo las cosas los fines de semana. Ambas razas
se cruzan y se distinguen con claridad en las primeras horas de la mañana. Es fácil diferenciarlos, ambos tienen cara de sueño pero unos sonríen, es una sonrisa un tanto tonta, pero ¿se
puede discutir el valor de una sonrisa? En fin, algún día arreglaremos nuestras diferencias, amanecidos contra despertados, no me cabe duda de qué bando tendrá los planes más imaginativos
pero creo que la voluntad y la capacidad de autosacrificios de los despertados terminará por derrotamos. Estoy un poco borracho. Mi amigo, el petiso, escucha con atención y con carcajadas
mi discurso sobre amanecidos y despertados. No me interrumpe, me escucha hasta el final y solo atina a brindar por eso y … por la victoria siempre «, lo corrijo acentuando el hasta –
hasta la victoria siempre- digo.
También, por eso- dice y brindamos de nuevo, apurando el cigarrillo para ir por otra botella.
Me quedo en la puerta, mirando. Haya menos gente en la calle, parejas siamésicas de andar zigzagueantes, que aprovechan al máximo las veredas de escasos dos metros y es todo un arte saber
cuál de ambos provoca el andar errático. También se ven parejas plegables, las que al cabo de unos pasos se detienen y se pliega uno sobre el otro para, luego de unos besos intensos y
sabrosos, volverse a desplegar y recuperar la marcha. También, hay grupos de cuatro a seis que andan o dispersos y divertidos o encolumnados y cabizbajos, al parecer no es posible combinar
ambos temperamentos y formaciones. Y al final, como corresponde, los solitarios. Esos tienen un ritmo propio, fácil de adivinar, luego de dos pasos ya se sabe si son de los rápidos con
metas o los lerdos en busca de ellas. Los veo a todos, los reconozco, soy uno de ellos también, solo que ahora estoy detenido esperando que el Petiso regrese con cerveza. Hay más gente en
la calle pero son casi invisibles. Hasta es dificil para mí, que soy un observador matriculado porque parte de mi oficio es ver, hasta para mí es dificil ver a los chicos de la calle. Hay
veces que los olfateo antes de verlos y no es una licencia poética, el olor a «villa», a «mugre». Maldito olfato, sería más feliz sin él. Imagino que por gente como yo se creó la Ciudad
Oculta. Sé que hay personas que los ven con mayor facilidad, los ven pero no por reconocerlos como individuos, los ven porque les temen o bien les dan cosa, «cosa» es mi forma de usar las
letras de asco y hacer un dibujo más agradable a quien me escucha, que no es otro que el Petiso que se ríe y se pone serio sin dejar de sonreír.

Cómo estás hoy- dice y me sirve cerveza con extraña eficiencia, es extraño porque con una mano toma los dos vasos, dos, y con la otra le arroja con precisión cerveza en dosis perfectamente
balanceadas de líquido y de espuma. Qué tipo hábil, muy hábil para ser tan bajito. Se lo digo y se repite – cómo estas hoy- bajito, no original, ese es mi amigo.
Por sobre su hombro, miro un grupito de chicos, seis o siete. Es dificil contarlos, se mueven mucho y varios se parecen entre sí, cuesta diferenciar los varones de las nenas. Hay dos o tres
de diez que en realidad son de doce porque, vaya a saber por qué, siempre parecen tener dos o tres años menos de los que realmente tienen, o al menos yo pienso que tienen, después hay dos o
tres de ocho y uno de dieciseis. Al de dieciséis lo he visto otras veces, es delgado y morocho, es una especia de vara un tanto doblada, tiene la voz aflautada de adolescente que por
momentos se le quiebra. Lo escuché decir palabras que hablan tanto como mil imágenes. En él la palabra «tumba y «rastrero» me eriza un poco la piel, me tensa un tanto el cuerpo, pero luego
de cruzar miradas ya sé que no tengo de qué preocuparme, él sabe con quien se debe meter y con quien no. Lo mismo yo. Los vigilo por sobre el hombro del Petiso mientras charlamos de las
propiedades curativas del lúpulo, conversación que puedo mantener sin demasiada atención, ya lo hemos hablado más de una vez. El Petiso es bajito, no, de ninguna manera es original.
Los chicos usan gorras deportivas y ropas grandes, muy grandes, una versión miserable de raperos, la nueva generación colorida de linyeras y de crotos que abandonan los colores
tradicionales de tierra o mierda. – Cómo estoy- me digo.
Cómo estás, cómo estás- repite el Petiso y brindamos.
Los pequeños se mueven en grupo, en manada. Es fácil distinguir al jefe, el de dieciséis. Se aparta unos metros de los otros con uno de diez. Hay algo en eso que me recuerda a las conductas
propias de un levante, una seducción, un chamullo. Los otros lo miran, luego cruza a la vereda de enfrente. El grupo los sigue mirando, dejaron de joder por unos instantes. Los miran
serios. El de Dieciséis se apartó con una que lleva la gorra incrustada hasta las orejas, cientos de rulos escapan hasta los hombros, recién ahora los noto porque tenía puesta la capucha
del canguro que le llega hasta por debajo de la cola dándole un aire de mini monje rojo, ahora, pienso que es más bien una caperucita . Es muy delgada parece sufrir de anorexia, uno de los
males del siglo, pero me tranquilizo solo es indigencia.
Se sientan en el umbral de la puerta de una casa, es oficial, hay amor allí. Lo pienso en voz alta.
El Petiso gira despacio, mira solo unos segundos y me escupe un – ¿Qué problema hay?
¿No tienen derecho?
El de Dieciséis sigue hablándole con una media sonrisa. No puedo adivinar las palabras, intuyo el tono suave, casi dulce, entrequebrado y aflautado, la leyenda de Hammelin se cruza con la
Caperucita, versión de Buenos Aires, ratas, niños, aires, aires, nada de buenos, nada de abuelitas.
No brillan, pienso que no brillan como la mayoría de las parejas que se iluminan, no sé bien
por qué me parece que las parejas resplandecen, será por las sonrisas, la alegría, la energía sexual, no sé, pero estos dos no me parecen brillar.
Le cuento al Petiso que se enoja, está por retirarme el saludo y lo que es peor la cerveza.
No sin antes denunciarme telefónicamente a la fiscalía antidiscriminación, – ¿Porque son
pobres no se pueden querer?- dice, casi emocionado, casi emocionado porque SI nos peleamos se queda con lo que queda en la botella. Enano borracho.
– Es que tenemos diferentes puntos de vista- concilio- el mío es más alto- desconcilio.
Los chiquitos corren hasta la pareja. El de Dieciséis se molesta. Ella esconde la cara debajo de la visera mirando las zapatillas. Él le dice a su «segundo» algo al oído y sale corriendo y
el resto de los pibitos atrás. Él lo amenaza con un grito – Ojo, cuídalo, que te rompo la panza.
– UUUh, que pesado- dice el Petiso- ¿qué pasó?- pregunta, como si estuviéramos espiando por detrás de un muro de un metro sesenta.
– Acaba de darles algo que tenía escondido para que boludeen y no lo jodan- le aseguro con las certezas propias de quien no tiene demasiadas ideas y no se puede dar el lujo de dudar entre
una u otra.
El de Dieciséis le toma el mentón y le levanta la cara, le da un beso, un beso corto, ahora otro, también es corto, y otro. No hay besos largos. -No hay besos largos- le digo.
– Dejá de mirar que te va a romper la panza- me dice el Peti entre risas. – ¿Y que pasa si no hay besos largos? ¿Qué? ¿Hay una duración media del beso?
– No hay placer en el beso. Si son todos cortos solo son pasos, pasos que hay que dar para llegar al otro escalón- le digo y veo como ahora El de Dieciséis le besa el cuello, ahora la
oreja, que entrega la de Diez, es él. Ahora, que se entregó al de Dieciséis y inclina su cabeza hacia atrás y veo su rostro y una suave nuez de adán. – La chiquita es un pibe.
– Noooo, noo- dice el Petiso que gira sin disimulo alguno para mirar y luego meneando la cabeza como un muñequito de taxi, me llena el vaso para luego asegurarme que es muy feo lo que
vemos, convenciéndome de una vez por todas que todos tenemos una enano fachista adentro, aún los bajíos.
¿En qué cambió?- pregunto en mi función de abogado del diablo. Lo miro y me
repite que es muy feo, poniendo cara de «cosa», frunciendo el ceño tanto que las orejas parecen juntársele debajo del mentón y permanece con ese gesto hasta que le digo – tomate un trago.
¿A qué edad uno es un pederasta?-le pregunto al Petiso que de nuevo pone cara de «cosa» pero ya sabe el remedio y se toma otro largo sorbo.
El de Dieciséis debe haber aprendido el amor en un pabellón de un instituto y eso es lo que hace, lo hace con la dulzura del flautista. Alguna vez escuché el relato de un chico al que otros
presos, menores también, llamaban a «soplar la quena». – No somos quien para juzgarlos, Petiso.
El de Dieciséis se para. Le sujeta las manos con las suyas, envolviéndolas. El de Diez se levanta también. Empiezan a caminar en sentido contrario al que corrieron los chiquitos, al sentido
opuesto a las luces brillantes. El de Dieciséis nos mira. N os mira serio por detrás del otro.
Qué feo. Qué mal. Qué feo.- dice el Petiso. – Tendríamos que hacer algo. No sé. Es muy chico el otro. Qué feo.- insiste. Ya no pone cara de «cosa» porque automáticamente toma un trago para
sacarse la cara de cosa.
Los miro perderse en la oscuridad de la esquina mas allá de las luces de los bares, adivino que al cobijo de las sombras y al abrigo de la basura debajo de la autopista los besos cortos
abrirán el paso a otras demostraciones de afecto.

Qué feo. Qué mal- insiste, conmovido, aún cuando ya no los vemos, no los vemos. No somos quien…- empiezo a decir al Petiso.
Tenés razón- me interrumpe- dame un beso- me pide y se me cuelga del cuello riéndose hasta que volcamos un poco de cerveza y se enoja porque los vasos son chicos, demasiados chicos. Pero
los llena de nuevo y ya no nos importa un carajo que sean chicos.
A. Camba

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