# CELINA Y LA COSA – por María Graciela Bolo

Golpea con la frente la ventanilla en el bamboleo del colectivo. Se empeña en tratar de dormitar. La patrona perfumada, segura, con esos ojos serenos. Había quedado como una maleducada Celina. Como una bestia, una tosca. Y bueno: no podía, nunca podía. Cuando quería contestar empezaba a escuchar su propia voz, y ahí todo se le embarullaba: la cabeza le quedaba vacía, con un zumbido de montañas con nieve. Ni articular una palabra podía.

Le pasa desde chica, esto de la cabeza seca. Cuando la retaban, cuando le preguntaban directo, adentro le soplaba un viento; no podía pensar. No era de tonta, ni de indiferente, ni siquiera de insolente. Quedaba fija, los ojos grandes, como anestesiada. Solamente podía zafar si cuidaba de poner mucha atención. Y a veces ni siquiera.

Es largo el viaje desde el cuntri hasta el barrio: tren, colectivo, tren. Encima tiene que pasar justo por ahí, por cerca de su vieja, por el club, con todos esos recuerdos apelotonados. Ahí era donde últimamente se le venía la idea de la cosa, imparable. La cosa últimamente se trata de explosiones, de mucho fuego, de vientos huracanados que transportan un calor imposible. Y gritos, muchos gritos, aullidos que ensordecerían a cualquiera, sirenas, descontrol. La cosa no es un sueño; es algo que quiere pasar.

A dos cuadras del club pasa con el bondi. El olor del pasto recién cortado (cómo le gusta!) la lleva de viaje, directo a la adolescencia, a los buenos ratos, los noviecitos que en su casa llamaban “candidatos”, el tenis, el vascolet de la tarde. Qué si se hubiera quedado, eh? Sería como su hermana la Moni, así, toda moderna, toda delgada, con todos los dientes, eh? Tendría un marido complaciente y limpito? Quién sabe. Humo: el material del que están hechos los sueños. Y qué importa. Si igual la vieja siempre la va a preferir a ella, a la Moni. Y por eso Celina no puede ni estar, las pocas veces que va de visita. Mientras ellas charlotean, inevitablemente hay viento de nieve dentro de su cráneo. Si ella siempre fue rara, siempre  va a ser.

Qué importa ahora. Ahora es hoy, intermitencia de tedios y violencias, igual pero distinto. Es otro el escenario, en otra geografía, pero el drama no ha cambiado: soledad y desamor, cabeza seca. Allá con sus ideas, con esa forma absurda del orgullo; allá, luchar hasta el agotamiento y para qué, cabeza de corcho. Con esos hilos tejió su propia pesadilla. Tal vez es su destino. Hay cosas que no se cambian, nunca.

Llegar, caminar sin pensamientos desde la ruta cuatro calles de tierra, los ojos perdidos por ahí. Bordea el campito donde unos chicos desmañados marean una pelota. Como una bestia quedó con la señora. Otra vuelta se lo dirá, lo del recibo. La tarde espolvorea sombras sobre la derrota de todos. Comprar cebollas, imaginar el guiso para la cena. Si el Tripa no anda por ahí emborrachándose, comerán sin hablar, como rumiantes; los chicos compartiéndose su mundo ajeno, incomprensible y vedado. Y si no aparece… ma sí, ojala no llegue, y entonces toda la madrugada una vez más será para ella, arrebujada en los ruidos conocidos, la noche negreando en la ventanita tapada con plástico.

Es hoy. Hay cosas que no cambian. Cuando ni se lo espera, empiezan a girar las ruedas que terminan en la cosa. Hoy como nunca tiene otra vez esas ganas de desencadenar la cosa de fuego y de sirenas. Porque, piensa Celina, parece tan fácil. Tan fácil como pegarle una patadita al calentador, o dejar un poquito abierta la llave de la hornalla. Tan fácil como eso, y la cosa sería. Es un zumbido interior pensar lo fácil que sería. Desatarlo, terminar, descansar. Salú.

Todos los días, todos. La misma cumbia. La puta puerta que siempre se traba en el suelo desparejo. Revolea a un rincón el paquete de ropa usada que le dio su madre. Apoyar los bolsos, desocupar la mesita; darle agua al perro. Se apura hacia la puertita, debajo de la pileta. Salú. La piletita percudida, todavía con los restos del desayuno, y unas moscas medio idiotas sobre los restos de un durazno. Salú.

Mira de reojo las camas sin hacer, el calentador, la mancha que se extiende en la pared del fondo. Salú. Y la idea de la cosa se le viene, se trepa a su cabeza, la infecta. Si sería tan fácil. Todos los días. Todos. El mismo tango. Un carro atascado en el barro; una calle sin salida, rosario de mañanas tardes noches iguales, urgencia, los huesos apretados como en una madeja, ya no se puede esperar más. Salú, salú. El tetra escondido en la puertita de las garrafas. Todos los días. Todos. Uno más uno más uno. Hierve. Se infecta. Punza. Como gusanos evolucionando, las ideas. Hierve, mezclado en la monotonía de las tardes, el latido que suma, suma, la vorágine inminente.

Es hoy, nomás: explota. Se quema, arde, se retuerce sobre sí mismo, se desintegra en chispas. Como un escándalo de opereta, el viento feroz sucede. La gente corre entre el humo, el barrio entero se agolpa con gritos para ver esta noticia, una nueva desgracia. El infierno es, se desata, se cierne, rey salvaje vomitando su furia, bramando maldiciones. La cosa.

Una masa de llamas que devora tablones, paredes, colchones, y se lleva en el aire la condenación, la vergüenza, la culpa de no ser, de no sentir. La cosa. Pero ella no, ella no fue, ella no sabe. Silencio. Caminar como en sueños, absorta, con la cabeza en blanco, las chanclas en el barro sin esquivar la bosta, mientras escucha las sirenas y los gritos, mientras el viento le devuelve el calor imposible, mientras el olor del fuego invade todo, y los gritos se convierten en llantos y en aullidos. Celina anestesiada, sentada en unos troncos, cerebro de corcho, mirando sin ver la gran consumación, la ceremonia final, el cataclismo liberador.

Cuando el hombre con casco la llama por su nombre, da vuelta la cabeza y lo mira a los ojos, cuidando de poner muchísima atención.