# ¿CASUALIDAD O CAUSALIDAD? – por Iván Carrasco Montesinos

Indiscutiblemente para los griegos el mundo era causal, pues los oráculos predecían el destino de manera inapelable. Querer huir de un mal destino era todavía peor, de ahí el drama de Edipo… y la crueldad del destino. En verdad no conozco destinos buenos, pues aunque en un comienzo los hados parecen favorecer a alguien, luego le atropellan sin clemencia: María Estuardo (lo sé gracias a la excelente biografía escrita por Estefan Zweig) ejemplifica a la perfección este postulado. Con un año de vida ya era reina de Escocia, con once, reina de Francia y de medio Europa, con dieciséis, una triste viuda confinada en sus habitaciones. Pero aún era reina de Escocia y, según ella, reina de Inglaterra. Escapó de Francia a luchar por lo suyo. Tras mil avatares consiguió que le cortasen la cabeza por orden de su estimada prima, Isabel, reina de Inglaterra. Afirma Zweig que de tanto apretar los dientes para no demostrar ninguna debilidad la cabeza cortada dio varios botes por el piso del cadalso. Otra María, en este caso Antonieta, no le va a la zaga. Crueles destinos desde luego, y todavía más crueles si pensamos en esos años dorados que precedieron al desastre y a la muerte.

¿Causalidad o casualidad?, he ahí el dilema, y pese a ser de los casuales, porque si no la vida tiene un determinismo implacable, como lo es para las personas que creen en el karma: las vidas pasadas marcan el camino tajantemente, no hay escape, sólo aceptación, y rezar para que el alma se purifique y el cuerpo se disuelva como una pompa de jabón y nunca más vuelva a ser. Por fin alguien ha escapado de la predeterminación y, quien lo diría, gracias a ese destino que a todos nos espera para deshacernos: la muerte. En ella gran parte de lo que somos se disuelve inexorablemente, sin embargo algo nuestro perdura por los siglos de los siglos: el ADN y, cuando nacemos, no llegamos como una hoja en blanco, ¡qué va!, ya llevamos dentro ese ADN que, para algunos, seguro que será ese nefasto destino, pues en él está escrita la futura enfermedad que tal o cual sujeto padecerá en algún momento de su vida. Cruel herencia. Me pregunto: ¿el karma tal vez es el ADN que perdura por los siglos de los siglos en cualquier huesito nuestro?

Pero para los míos, los que no creemos ni en oráculos insoslayables ni en karmas que nos señalan el camino de forma ineludible, la casualidad, el libre albedrio, la suerte buena o mala participan en el juego de la vida, son parte de cualquier existencia que cree en la libertad. No obstante, en mi vida y en cualquier vida, existen circunstancias que hacen vacilar esta convicción: ¿cómo puede ser que la chica a la que conociste en una floristería que servía flores a los actores y uno de ellos, en agradecimiento, regaló entradas a todos los presentes, y luego, al cabo de un mes, ¡patapam!, te la encuentras en la puerta del teatro? Ineludible liarse. Destino, y no logro convencerme de que la vida es totalmente casual. En ciertas circunstancias parece que el maldito destino se muestra implacable, pues tanta casualidad no puede existir, ¿o sí? Lo reconozco, a veces el destino nos espera detrás de la esquina, giramos de golpe y nos rompemos las narices al chocar con él.

Es la duda metódica, y más si piensas en los animales: ellos, ¿tienen destino? Antes, igual que a las mujeres, se les negaba el alma, pero ahora basta ver un documental sobre cualquier bicho para comprobar que casi son como nosotros, y entonces, cuando aplasto a las malditas hormigas que me invaden las viandas, ¿yo soy el destino, el terremoto que sepulta vidas y haciendas sin más? Y la hormiguita que se salva de milagro, ¿lo hace por destino o por casualidad?

Son lo insolubles dilemas que nos rodean y, a nosotros, sólo nos queda la especulación, la duda y, a veces cierta convicción.