Casa recuperada para Julio C. – Fundación Tres Pinos

Casa recuperada para Julio C.

mención de honor VIII Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Liliana Luisa Weisbeck

Cuando llegamos a la esquina nos paramos bajo el farol para analizar nuestra situación.

– Es muy tarde – dijo Irene.

– Sí – asentí yo y pensé que los pocos conocidos que teníamos debían de estar durmiendo, hubiese sido muy maleducado de nuestra parte despertarlos, eso siempre y cuando se acordaran de
nosotros.

Un policía que estaba haciendo la recorrida nocturna se acercó en cuanto nos vio. Preguntó si necesitábamos algo. Irene y yo nos miramos. No supimos explicarle que nuestra casa había sido
tomada.

– Acabamos de llegar a Buenos Aires y no tenemos adonde ir – dije sin mentir demasiado.

Nos preguntó si teníamos la dirección de algún pariente o si queríamos que nos acompañara a un hotel.

– Un hotel está bien – asentí. Nos acompaño tres cuadras hasta un hotel familiar, nos hizo preguntas que respondí como pude, Irene estaba incómoda, se notaba que el hombre pensaba que
éramos una pareja en una situación irregular.

Cuando entramos al hotel el policía se despidió, yo le di las gracias.

– Somos hermanos – le aclaré antes que se alejara, Irene me agradeció con la mirada.

El hotel era bastante pasable, nos dieron dos habitaciones unidas por una puerta, la habitación de Irene tenía además una salita con dos sillones, una lámpara, una mesa y dos sillas.

– Está muy bien – dijo Irene con voz tranquila, aunque su rostro denotaba que estaba cansada. Nos fuimos a dormir dejando abierta la puerta que comunicaba las habitaciones. Tuve pesadillas
toda la noche, Irene se despertó un par de veces gritando.

Al día siguiente nos trajeron el desayuno a la salita de Irene. Arreglé con el dueño del hotel que nos hicieran las cuatro comidas. Después me fui al Banco, por suerte me conocían y no me
pidieron el documento, había quedado en la casa tomada. Saqué algo de plata del Banco, lo suficiente como para pagar el hotel durante unos días y otros gastos, y lo necesario para
comprarnos algo de ropa.
Cuando regresé pagué un mes por adelantado. El dueño se quedó más tranquilo, yo me había dado cuenta de que desconfiaba pensando que nos escaparíamos sin pagar. Era lógico, no teníamos
equipaje.
Por la tarde fuimos a comprarnos ropa, lo indispensable, también agujas y lana para Irene y algunos libros para mí. También compré un cuaderno y lápices, decidí que iba a escribir un ensayo
sobre Anatole France.
Esa noche cuando estábamos cenando Irene me preguntó si nos quedaríamos allí mucho tiempo.

– ¿No te gusta el hotel? – le pregunté.

Me sonrió con la tristeza dibujada en el rostro.

– No es eso – contestó – el hotel está bien, pero extraño la casa – dijo – era de los bisabuelos – suspiró.

Pensé que yo también extrañaba la casa, y mis libros.

– Yo pienso – le dije – que si nos quedamos viviendo acá cerca, podemos pasar todos los días por el frente de la casa y si vemos que se fueron, llamamos a un cerrajero y entramos nuevamente
– traté de alentarla, mientras recordaba que había tirado la llave a la alcantarilla.

– Tenés razón – me dijo y se enfrascó en su tejido, yo seguí leyendo. Por un rato solo se escuchó el ruido de las agujas y el sonido de las hojas al pasar.

En los días posteriores fuimos a sacar documentos nuevos, di el cambio de domicilio en el Banco y visité al administrador de nuestros campos en la oficina que tenía en Buenos Aires, se
sorprendió cuando le dije que estábamos viviendo en un hotel.

– Estamos refaccionando la casa – mentí.

Los días pasaron rápidamente y luego los meses. Unos cuatro meses después de que nos instaláramos en el hotel, el dueño del mismo pidió hablar con nosotros, lo recibimos en la salita de
Irene.
Luego de preguntarnos si nos sentíamos cómodos, nos preguntó sin preámbulos:

– Les tomaron la casa, ¿verdad?

Irene palideció, yo me sobresalté. No atiné a preguntarle cómo lo había sabido, aunque él debió leer la pregunta en mi rostro.

– No son los únicos ¿saben? – afirmó – en los tres últimos años hubo varios casos similares.

Lo miramos interrogantes.

– Y sí – continuó diciendo – comienzan tomando los cuartos del fondo y luego avanzan hasta que echan a los moradores a la calle.

Miré a Irene y vi que tenía lágrimas en los ojos.

– A mí me conviene que ustedes se queden acá – dijo el hombre con una sonrisa – son mis mejores clientes – afirmó – pero en estos meses les tomé aprecio y quiero ayudarlos, ¿ustedes quieren
recuperar la casa?

Irene se puso de pie y se llevó las manos al pecho, estaba tan pálida que pensé que se iba a desmayar.

– Siéntese señorita – dijo el hombre mientras yo la tomaba de un brazo y la ayudaba a sentarse nuevamente. Yo también estaba conmovido.

– ¿Y cómo hará para ayudarnos? – pregunté.

– Verá – respondió el hombre – yo conozco unas personas que ayudan a los dueños de las casas a recuperarlas.

Nos miró serio y agregó:

– Sale un poco caro.

– Por el dinero no se haga problema – contesté – solo dígame cómo puedo ubicar a esas personas.

– Mire – titubeó el hombre – no son fáciles de ubicar y además son un poco desconfiados, no les gusta hacerse conocer, el trabajo que hacen no es nada convencional, siempre trabajan de
noche, dicen que la oscuridad de la noche les facilita las cosas – aclaró – ustedes son gente muy fina, si quieren yo puedo ubicarlos, contarles su caso y ellos me dirán qué tienen que
hacer.

Suspiré aliviado, no tenía ganas de conocerlos. Le dije que sí, que haríamos como él sugería.

– Entonces hecho – dijo el hombre – en cuanto los ubique les transmitiré las instrucciones, solo les digo, por lo que me han contado de otros casos, que ellos solo preparan el camino,
deberán ser ustedes los que recuperen la casa, cuarto por cuarto.

Le di la mano en señal de aprobación. Luego que el hombre se fue, Irene y yo nos abrazamos y lloramos. Esa noche dormimos de un tirón y sin pesadillas.
Diez días después el dueño del hotel vino a avisarnos.

– Mañana es el día – nos dijo – tendrán que estar a las doce de la noche en la puerta de la casa, entrar y avanzar hasta donde puedan, no más allá del amanecer y así día tras día hasta
recuperarla, no se preocupen por la comida yo se las haré llegar mientras la necesiten – Entonces le conté que no tenía la llave.

– Mi cuñado es cerrajero – dijo – él los ayudará.

La noche siguiente, a las doce de la noche, los cuatro estábamos en la vereda frente a la casa. El cerrajero forzó la cerradura y puso una nueva, me dio la llave y se retiró junto con el
dueño del hotel.

– Ahora deben entrar – dijo el hombre antes de alejarse.

Traspusimos el umbral y con la luz que entraba de la calle pudimos ver que en el zaguán había cientos de cartas acumuladas. El tejido de Irene permanecía en el lugar donde lo había tirado,
las hebras iban hasta el cancel y se perdían debajo. La casa estaba a oscuras. Accioné la llave de luz y pudimos ver con mayor claridad. Una fina capa de polvo cubría el piso, el tejido,
las cartas. Pensé, como siempre lo hago cuando limpiamos, en la cantidad de polvo que se junta en la ciudad. Luego abrí la puerta cancel y me asomé del otro lado, Irene temblaba detrás de
mí. El living parecía libre, no se escuchaba nada, prendí la luz y con alivio vimos nuestros muebles, un poco sucios pero en su lugar. Con sigilo y algo de temor avanzamos hacia la cocina y
el baño, todo estaba como lo habíamos dejado, también los dos dormitorios con las camas deshechas desde aquella noche.
La puerta de roble permanecía cerrada con la llave puesta y el gran cerrojo estaba intacto. Apoyé la oreja sobre la puerta maciza y escuché. Irene estaba a mi lado expectante. Del otro lado
se oían unos susurros ahogados parecía una discusión, pero no estoy muy seguro de que fueran susurros quizás se tratara de otra cosa. A lo lejos, se escuchó el ruido de una silla al
volcarse.

– Todavía están allí – le dije a Irene en un murmullo, ella asintió.

– ¿Y qué hacemos ahora? – me preguntó.

– Esperamos hasta mañana, las instrucciones fueron ir avanzando lo que podamos durante la noche y esperar hasta el otro día, ya recuperamos esta parte, esperemos a mañana.

Irene aplaudió como si fuera una niñita recibiendo un regalo.

– Mejor prendemos todas las luces y limpiamos un poco – le dije, estaba seguro de que no podríamos dormir.

Al abrir un cajón encontré los quince mil pesos que había dejado en el lugar. Luego nos pusimos a limpiar con entusiasmo. Pasamos el plumero por los muebles, cambiamos las sábanas de las
camas, barrimos, mientras yo limpiaba la cocina, Irene enceró los pisos. Las cartas que habíamos encontrado en el zaguán las dejamos sobre un aparador, las leeríamos más adelante.
A la mañana siguiente, a las siete en punto, vino el dueño del hotel a traernos el desayuno. Se alegró de vernos en esa parte de la casa y con todo limpio.
– Más tarde les traeré el almuerzo, traten de dormir un rato – dijo, seguramente teníamos aspecto de cansados.
Fue agradable acostarse nuevamente en la cama de uno con sábanas limpias. Me despertó el timbre de la puerta, era el dueño del hotel con el almuerzo. Comimos con Irene en la cocina, del
otro lado se escuchaban ruidos imprecisos y sordos, pero menos frecuentes que la noche anterior. Luego de lavar los platos nos acostamos a dormir una siesta, teníamos que estar descansados
para continuar con nuestra tarea.
El dueño del hotel vino puntualmente con la cena, a la tarde habíamos merendado unos mates con bizcochitos que encontramos en la alacena.

– No se vayan a quedar dormidos – nos advirtió el hombre – a las doce de la noche deberán recuperar el resto.

A las doce en punto puse mi oreja sobre la puerta de roble. Se escuchaban a lo lejos unos sonidos apagados. Irene fue a la cocina, volvió al rato diciendo que desde la cocina no se
escuchaba nada. Los sonidos fueron disminuyendo hasta que finalmente se oyó una especie de suspiro y como el cerrarse de una puerta y luego el silencio invadió toda la casa.
Esperamos tres horas en absoluto silencio, escuchando alertas y cuando estuvimos seguros de que ya se habían ido abrimos la puerta de roble.
Rápidamente recorrimos el otro lado de la casa, el que da a Rodríguez Peña, caminamos por el pasillo prendiendo las luces, el corazón me latía agitado, Irene estaba pálida. El comedor, la
sala de los gobelinos, la biblioteca y los otros dos dormitorios.

– ¡No hay nadie! – gritó Irene y se puso a llorar. Yo fui a la biblioteca, tras una rápida inspección pude comprobar que estaban todos mis libros, Irene buscó dos o tres cosas que había
extrañado y encontró la botella de Hesperidina intacta. Nos cercioramos de que la puerta trasera y las ventanas estuvieran cerradas, luego Irene sirvió dos copitas de Hesperidina y
brindamos. Nos abrazamos llorando. Pasamos el resto de la noche limpiando esa parte de la casa.

Al amanecer había quedado todo impecable. Deje la limpieza de mis libros para otro momento. A las siete, puntual, vino el hombre del hotel, además del desayuno traía nuestras cosas. Le
agradecimos y le mostramos la casa, las dos partes, la puerta de roble, mi biblioteca.
Luego le pagué lo convenido y le di un extra, lo había valido
Cuando se iba, Irene le preguntó:

– ¿Y qué hacemos si vuelven?

No se preocupe – dijo el hombre – nunca vuelven.

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