mención de honor VI Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Miguel Sardegna

Hace unos días entré a tu despacho. Tenía curiosidad, ¿sabes? Quería ver que escondían los cristales opacos y la puerta siempre cerrada. Era temprano, no había peligro de que nadie me
sorprendiera husmeando.
No lo pensé dos veces: me senté de tu lado del escritorio. Di vueltas en tu silla, empujándome con las manos. Me sentí un nene. Se me acababa de ocurrir un último cuento y necesitaba
investigarte, documentarme para no mentir.
Vi que en tu mundo no hay portarretratos ni el caos de papeles de cualquier escritorio. Creo que fue Fernández el que me dijo, una vez, que el desorden es un modo de apropiación. Quizás a
tu vida le falte mugre – si me permitís que te diga – , esa preciosa roña que nos hace humanos.
Que no te confunda que me haya atrevido a revisar tus cosas. Nos conocemos hace diez años, pasó el tiempo, pero todavía me atormenta la idea de que vos, mi jefe todopoderoso, puedas volver
a ensañarte conmigo sin ningún motivo. Te sienta bien el papel de tirano… Linda palabra “tirano”, ¿no? Voy a anotarla. Quizás en el cuento pueda agregar alguna frase del estilo de “Habías
adquirido el carácter enigmático de todos los tiranos”. Enigmático como cuando aprovechaste un sábado para cambiar todos los muebles de lugar a tu antojo -los escritorios, los paneles
divisorios, incluso los cestos de papeles – , y el lunes nadie sabía dónde le tocaba sentarse. Nada es tan desesperante como haber perdido el propio lugar en la oficina. O la otra vez que
tuvimos ese simulacro de conversación en la que me hablaste de un cambio provisorio y me recluiste para siempre detrás de una pila de expedientes anodinos. “Es una necesidad del servicio,
Sardegna”, dijiste, como si no disfrutaras confinarme a la peor rutina que conocías. Un trabajo de copy /paste, pero con firma legal al pie.
De tu despacho, lo que llamó mi atención de inmediato fue la biblioteca. Libros de consulta, me dije. Pero no, una rápida mirada me bastó para comprobar que más bien tenían una función
decorativa. Digestos de jurisprudencia de los ochenta y otros cuantos Tratados Jurídicos obsoletos, las hojas amarillas por la humedad. Los tomos del Código Civil, una reliquia de artículos
derogados el siglo pasado, incluso crujieron cuando los abrí, apuesto que nadie corrió esas hojas en años.
Pura imagen, pensé. Sabías vender política, claro que sí. Hasta cuando nos tratabas con desprecio procurabas hacerlo con gestos magnánimos, sin poses tragicómicas ni dedos en alto.
Siempre me incomodó tu porte ostentoso, con tu chaleco demodé y tus camisas
rayadas que remataban en unos gemelos principescos. Yo, desaliñado, siempre con las mismas camisas de puños percudidos y cuellos amarillos, incluso arremangado, lidiando con el polvo de los
expedientes y los papeles viejos; vos, en cambio, con tu camisa rígida, sin una sola arruga, saturada de apresto. Te imagino quitándote el saco con cuidado, colgándolo escrupulosamente en
este perchero al lado de la biblioteca, esta monstruosidad art deco que te reservaste para vos. Al resto nos queda dejar nuestras cosas en la propia silla, o apiladas en un rincón, sobre un
armario descolorido.
Ahora tengo algo para decirte. No me di cuenta cuánto necesitaba confiártelo hasta que usurpé tu despacho y revisé tus cosas.
Después de meses de ausencia, en los que no fui capaz de escribir una sola
línea, volviste a inmiscuirte en mis páginas. Pero no es por eso que te escribo esta carta.
Lo raro es que tu irrupción no cambió la lógica interna, las líneas de fuerza entre los personajes y la trama. Esta vez no me obligó a reescribir todo hacia atrás en base una aparición
avasalladora en la página tres o cuatro que se robaba protagonismo. Asomaste deshilachado, casi fantasmal en los trazos. Contrastaste groseramente con jefes de cuentos anteriores, donde tu
silencio crispaba y se podía palpar tu gomina pegajosa, la minuciosa raya a un costado.
Dicen que todo buen cuento tiene un momento de autenticidad: entre la
maraña de palabras muertas aparece, de golpe, el ademán exacto de un personaje o una metáfora sorprendentemente adecuada, un breve pasaje que reluce o palpita más que ningún otro, un
momento que” cobra vida”. Yo siempre escribí cuentos, vos lo sabés bien. Lo que no sabés es que recién escribí algo verdadero – algo auténtieo- cuando te invoqué a vos, cuando transcribí
nuestras líneas de cada día, esa crónica de hostigamiento y persecución.
Te enorgullecía que la gente renunciara, ¿no es cierto? Lo vivías como una victoria personal. Yo ni siquiera tenía esa opción: la rutina de miedo y paranoia me había quitado el valor hasta
para quedarme en casa, tapado la cabeza con la frazada.
Pero un día – uno igual a tantos – , mágicamente escribí un cuento memorable.
¿Que cómo sé que era tan bueno? Es algo que se siente acá, en las tripas. Como el amor. O el miedo.
Y desde entonces, las palabras surgieron solas cuando relataba tus caprichos de jefe, se acomodaban dócilmente sobre la hoja en blanco, siempre en el lugar adecuado. Creí por primera vez
que tenía algo para decir. Incluso me convencí de que tenía talento.
La confianza me llevó a tomar más riesgos. Sin darme cuenta, en un párrafo te aludí con mayor nitidez. Ya no eran vagas referencias laterales o mofas de entrecasa, solo para entendidos.
Pasé a nombrarte, a describir tus señas particulares. ¿Qué más necesita una denuncia para que la tomen en serio? Cualquiera podía armar un identikit de tus rasgos a partir de mis cuentos.
Hasta puse en evidencia tu modus operandi de cada día.
Esa certeza de que escribía algo que valía la pena – algo sincero -, me la corroboró leer tus cuentos en público. La gente reía sonoramente cuando hablaba de vos… reían como hace reír la
opresión kafkiana.
Pero a mí no me interesaba ninguno de esos oyentes anónimos. Lo que yo
anhelaba era que de una vez por todas me escucharas.
Sé que alguno de tus lacayos, esos que te festejan tus humoradas, te fue alguna vez con el chisme de mis cuentos.
No sabés cómo lamento que esa delación haya ocurrido a puertas cerradas: malos son los escritores que recurren a una grosera elipsis en el momento cumbre de la historia. ¿Levantaste la voz
aquel día, por primera vez en toda tu vida? Si esto fuera un cuento (o una carta de denuncia), te habrías comportado como la Reina de Corazones, salvo que en lugar de “¡Que le corten la
cabeza!”, vos habrías gritado un estridente” ¡Está despedido!”. Una cuestión de efecto dramático, ¿entendés?
Pero no me hago ilusiones: siempre fuiste parco. Lo que siempre te hizo
aterrador a vos fue tu silencio, tu fingida indiferencia. Una sombría combinación de languidez y modales apocados, casi gentiles. Sabías fastidiar con elegancia, te concedo eso.
Volviste a aparecer en mi cuento, te decía. Y me costó reconocerte. Creeme. Ya
no tenías peso, ya no dirigías la acción. No decías cosas absurdamente memorables, como esa confesión de desprecio y vejación que soltaste una vez: “no busco que estén a gusto acá”. Pasaste
a ser un personaje secundario que no aportaba nada a la trama. Ni siquiera servías de contrapunto humorístico. El cuento entero se deshace ante mis ojos, una trama edificada sobre la arena,
como en la metáfora borgeana.
¿Qué me queda ahora? ¿Copiar textos fundantes, plagiar clásicos? Estos últimos meses no he hecho otra cosa que abusar de las citas manifiestas y esconder otras tantas referencias, por pudor
o vanidad.
Flaco favor me hiciste dejando que te echaran así como te echaron, viniendo a buscar tus cosas un fin de semana, entre gallos y medianoche, al amparo del silencio y la soledad. Casi suena a
tu última ironía todo eso, privándome de poder volver a usarte en mis textos. ¿De qué sirve una figura de autoridad tan pequeña y vulnerable? Una certeza me oprime hoy el pecho, en este
clima de posguerra que vive la oficina: sospecho que no sólo he perdido un símbolo, perdí una estética.
Volví a ser el mal escritor de antes. Y sospecho que ahora es para siempre.