Carencia por Vicente Battista

En la infinita internet podemos leer que carencia es un término que viene del latín carere (faltar), y que en Fisiología se refiere a la ausencia o la ingesta insuficiente de una o más sustancias necesarias para el crecimiento y el equilibrio de un organismo animal o vegetal. El Diccionario de la Lengua es más lacónico: “Falta o privación de algo necesario”, dice. Esa ambigüedad forzosamente genera nuevas preguntas: ¿Qué se entiende por algo y qué por necesario?.

El oxígeno, por ejemplo, es algo imprescindible para los seres vivos; por consiguiente resulta necesario: su ausencia nos llevaría inexorablemente a la muerte. Esto, sin embargo, apenas es la punta del ovillo. Los seres vivos, y en esta oportunidad vamos a referirnos exclusivamente a nosotros, los humanos, además de oxígeno precisamos de un número infinito de algo(s). El término, así dicho, podría ser un sinónimo de cosas. Algo(s) y Cosas, bien se mire, son palabras que pretenden decir mucho pero que, honestamente, no dicen nada. Por lo que, aunque nos pese, estamos nuevamente en el principio: ¿de qué hablamos cuando hablamos de carencia?

“Todas las disciplinas que conforman el vasto espectro humano, de una u otra manera sufren carencias. En el campo de la medicina podríamos hablar desde la insuficiencia de ciertos órganos hasta la ausencia de determinadas sustancias en el alimento que consumimos. Hay carencias no elegidas y carencias elegidas. Para el primer caso, podríamos detenernos en un ciego (carece de la visión) o en un sordomudo (carece del habla); para el segundo caso, podríamos centrarnos en alguien que se mal alimenta: una dieta desequilibrada, comer fuera de los horarios adecuados, etc. El ciego o el sordomudo de ninguna manera eligen carecer de la visión o del habla, sin embargo, el propósito de satisfacer alguna estética de moda hace que se elija un modo de vida que fatalmente generará una carencia que, llevada a su grado extremo, podría convertirse en bulimia o en anorexia.

El concepto de carencia ha sido minuciosamente tratado por Sigmund Freud. Tal como sostiene Vicente Arregui en su trabajo “El alcance filosófico de las tesis freudianas”: “para Freud, el hombre es fundamentalmente libido, deseo de placer. Ahora bien, como sólo se desea lo que no se posee, todo deseo supone una indigencia, una carencia. Se desea porque se carece de algo, porque se necesita algo. El hombre, definido como deseo de placer, es fundamentalmente un ser de necesidades, una carencia, una indigencia pura. Además, como el deseo es deseo de lo que se carece, cuando el deseo se satisface, el deseo muere. Por ello, en su madurez, Freud pone junto al deseo de placer el deseo de muerte, porque lo que el deseo desea es su satisfacción, y por tanto, su muerte. El hombre es por tanto para Freud, un deseo que busca su propia extinción”.

Para Lacan el objetivo del psicoanálisis no es cubrir una carencia, superar la falta fortaleciendo el yo, sino trabajar en base a las fantasías elaboradas que almacenan al sujeto. En este caso, el psicoanálisis no sería propuesto para que los individuos consiguieran vivir mejor sus vidas. Aquí se produjo un malentendido entre Lacan y sus detractores, basado en lo que cada cual entendía acerca del término falta (carencia).

“La falta —sostiene Lacan en el seminario “El yo en la teoría de Freud”— es la falta del ser propiamente hablando. No es la falta de esto o aquello”. Mientras algunos psicoanalistas trataban la falta como efecto de traumas determinados de la niñez, historias personales y/o condiciones sociales opresivas e injustas, Lacan situó a la falta como el apoyo ontológico de la existencia humana. La carencia entonces, y siguiente la línea de ciertos filósofos fenomenológicos, significaría para el individuo hacer frente a su negatividad radical o la nada, tener conciencia de que su vida se desenvuelve en un terreno inestable. Por consiguiente, a Lacan le interesan más los efectos psíquicos de la carencia, que las consecuencias trágicas de la vida debido a esas historias traumáticas.

Vivimos con una certeza absoluta: por el solo hecho de ser humanos, inexorablemente tenemos principio y fin, somos seres contingentes, criaturas mortales, por lo cual deberíamos aceptar esa carencia como algo intrínseco a nuestra existencia. Sólo los dioses, sin que importe a que fe respondan, pueden considerarse seres completos: no precisan de alimentos para sobrevivir, no padecen ningún tipo de enfermedad, son infinitos, gozan de la inmortalidad, carecen de carencias. Una vez aceptada esta premisa, aceptaremos como natural todas y cada una de las carencias que nos rodean o afligen. O no.

No Hay Comida

de Daniel Leber
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

“Sin escape” de Valeria Soledad Luchessi
Tercera mención en la categoría Carencias

II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

«Sin Titulo» de María Cristina Belén
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Y aquí entramos inexorablemente al espacio de la filosofía. Suele vincularse a la carencia con el dolor: nos duele carecer de ciertas cosas. El dolor, por otra parte, existiría negativamente como ausencia del bienestar; de ese modo, el mal (el dolor) solo existiría como ausencia del bien (el bienestar). Concepto que Schopenhauer, en “El mundo como voluntad y representación”, pone literalmente del revés. El dolor, la carencia, sostiene el filósofo alemán, es algo natural en la criatura humana: nacemos con dolor y morimos de la misma manera: nacemos carenciados y así morimos. A lo largo de nuestra vida debemos satisfacer carencias, casi como un desafío implícito, ya que la propia vida sería un deseo insatisfecho y, siempre según Schopenhauer, con breves momentos de alegría.

Se hace difícil aceptar que nos toca vivir una vida que comienza con lágrimas y así acaba, en la que deberemos cargar todo tipo de carencias que incluso una vez satisfechas sólo nos brindarían un instante de felicidad. Según la propuesta de Schopenhauer, la vida no tiene otro fin inmediato que el sufrimiento. Su finitud es la prueba evidente de ello y a la hora de satisfacer carencias la compara con una burbuja de jabón que tarde o temprano, como consecuencia de su condición efímera, irremediablemente estallará.

En su libro “El anti-Edipo”, Gilles Deleuze y Félix Guattari, de algún modo responden a Schopenhauer, ya que sostienen que no existe carencia: “No es el deseo que se apoya sobre las necesidades, sino al contrario, son las necesidades las que se derivan del deseo: son contraproductos en lo real que el deseo produce. La carencia es un contra-efecto del deseo, está depositada, dispuesta, visualizada en lo real natural y social. El deseo siempre se mantiene cerca de las condiciones de existencia objetiva, se las adhiere y las sigue, no sobrevive a ellas, se desplaza con ellas”. Deleuze y Félix Guattari entienden que el deseo se convierte en un miedo abyecto de carecer. Por su parte, Heidegger sostiene que existir es ser un ser incumplido. La existencia siempre será carente, una carencia que finaliza con la muerte, aunque cuando la muerte se produce, el existente ya no está. No puede ser un todo acabado ni siquiera en la muerte, puesto que en la muerte ya no existe.

“Con la filosofía poco se goza”, postulaban los versos de un célebre poema de Raúl González Tuñón, acaso brindando una especial lectura de aquello que supo señalar Karl Marx: “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo”. Fiel a esa consigna, en 1848, junto con Friedrich Engels dio a conocer “El Manifiesto del Partido Comunista”. “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”, era la frase que abría el texto y que iba a inquietar a las “buenas conciencias” del Viejo Mundo.

Hay que tener en cuenta que por aquellos tiempos se arrastraba la imagen de otro fantasma que recorría el mundo: el fantasma del hambre. Entonces, una mala cosecha, una guerra con otro estado, una guerra civil o las naturales inclemencias del tiempo podían dejar sin alimento a miles o millones de personas. Posteriormente, con el desarrollo de la industria agropecuaria y de la industria alimentaria algunos países desterraron el fantasma del hambre. Sin embargo, las frías estadísticas dicen que hoy cerca de mil quinientos millones de seres humanos continúan sufriéndola.

En 1948, poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, se promulgó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Allí se postulaba que era necesario que el hambre y la malnutrición fuesen eliminados del mundo, ya que todos los seres humanos tienen derecho a una buena nutrición como condición sine quan non para un desarrollo pleno físico y mental. Buenas intenciones que, lamentablemente, no se llevaron a cabo. ¿El hambre en el mundo y la malnutrición se deben a la falta de alimentos tal como sucedía en el pasado? Nada de eso, el problema hoy no se basa en malas cosechas, guerras o inclemencias climáticas, reside exclusivamente en factores económicos y políticos.

Se sabe que los precios de los alimentos, sólo en un par de años —2007 y 2008—aumentaron en más de un ochenta por ciento. Por supuesto, esa suba perjudica esencialmente a los países en vías de desarrollo. ¿Pero cuál es la razón de esos aumentos? Las respuesta habrá que buscarla en las grandes transnacionales, los grandes supermercados y los productores y distribuidores de los productos básicos. Estos organismos determinan los precios, y la especulación es el motor que establecerá esas cifras. Los estados débiles no están en condiciones de combatirla, por lo que se produce un efecto dominó: los precios altos generan desabastecimiento, esta falta produce crisis alimentarias que, inevitablemente, frenan el desarrollo, provocan hambre y revueltas políticas. Los países de África, ciertos países de América latina y algunos de Asia y del sudeste asiático son los más afectados.

Aquí estamos frente a una gran carencia, que nada tiene que ver con sistemas filosóficos o conflictos psicológicos, pero que (vale la pena repetir la cifra) afecta a más de mil quinientos millones de seres humanos.

Según el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial —accionistas directos de ese estigma— el hambre en el mundo provocará nuevas guerras que tendrán su origen en los países más pobres. Esas guerras deberán nutrirse con sus elementos esenciales: las armas. Estas sofisticadas máquinas de matar, fabricadas por los países poderosos, constituyen hoy la primera gran industria del mundo. Esas guerras, como ha quedado demostrado a lo largo de la historia, provocarán nuevas hambrunas que, lógicamente, afectarán a los países pobres.

El hambre es, aunque suene ridículo en un mundo de alta tecnología, nuestra mayor carencia. Una carencia provocada, que de ninguna manera se elige (nadie elige morirse de hambre), pero que podría tener solución. Simplemente se trata de dividir mejor las riquezas y que aquellos países poderosos, que no sufren hambre, desistan de fabricar armas de destrucción masiva. Es una ecuación sencilla: ese dinero en lugar de invertirse para matar, se destinaría a poner fin al hambre en el mundo. Lamentablemente, ni los grandes fabricantes de armas, ni el Fondo Monetario Internacional ni el Banco Mundial ven con buenos ojos esta medida.