mención de honor VI Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Martín Andrés Haín

Calor, qué calor, no se aguanta este martes al mediodía del quince de enero, mi primer viaje en un año y justo tuvieron que darme una unidad de esas con un fuelle en el medio, y aunque
antes doblaba las esquinas del Microcentro con los ojos cerrados, ahora, en este mismísimo segundo, me parece que el colectivo, cuando llegue a la esquina de San Martín y Paraguay, no va a
caber, no va a saber doblar, el calor dilata plásticos y metales, eso lo leí en una revista, además uno sabe desde chiquito que la leche hierve y sube y se derrama, la madera se moja y se
hincha y se pudre, por suerte hoy faltan los autos en segunda fila, ahí viene Florida, la lengua entre los dientes y el pie sobre el freno que en una de esas no frena porque hoy martes
quince de enero la térmica es de cuarenta y un grados, nenes de la mano de las mamás chicas en minifalda turistas en bermudas, cruzo cruzo crucé Florida, vamos todavía que pasé la peatonal
sin matar a nadie, hace justo un año atropellé al tipo en esta misma cuadra, un poco más adelante, en la esquina con San Martín, también enero y también el calor, un sueco que medía como
dos metros y hacía equilibrio sobre el cordón, a quién se le ocurre jugar al trapecista en la vereda, yo lo vi c1arito pero justo en ese momento un pasajero preguntó si pasaba por Facultad
de Medicina, había mucho ruido y dije qué cómo adónde, y por esquivar los autos en segunda fila y porque el pasajero repetía la pregunta el volante se movió medio centímetro a la izquierda,
medio centímetro nomás, cuestión que el espejo de mi lado le pegó en la nuca al gigante rubio y ahí mismo se le terminó la vacación el crucero la vuelta al mundo, íbamos despacio pero a mí
se me achicó el corazón el espacio los minutos, el sicólogo de la AR T dice que ahora estoy diez puntos que el turista salió del coma que el accidente no fue mi culpa que el seguro lo
cubrió todo que la causa está cerrada que ya me devolvieron la licencia y que no tenga miedo, faltan setenta metros para la esquina, todo un año de escaparle a los amontonamientos, un año
de pensar a mil por hora sin freno ni descanso, agotado a media tarde por el vértigo de palabras imágenes sonidos, un año de encerrarme en casa a soñar la sangre en las baldosas, un año de
esquivar el mismo auto millones de veces y siempre siempre pegarle al sueco, un año de temblar a escondidas para no asustar a mi mujer y al nene, un año de soportar las cargadas de los
muchachos, con munición gruesa me tiraron, qué te pasa maricón, mirá que hay que ser flojo para ponerse así, y meta contar los accidentes de cada uno, muertos de risa, lloraban de la risa,
y sin embargo aquí estoy, un año después, quince de enero a colectivo lleno y en hora pico en esta calle que parece un embudo y qué pasa si cuando tenga que doblar al codo neumático le
agarra un calambre, sigo de largo y entro derecho en el bodegón de la esquina, me cargo al gallego que sirve las mesas y a la mitad de los clientes que comen el plato del día, hace un año
los martes era entraña con salsa criolla y papas a la provenzal, ahora faltan cuarenta metros y las vacas se aprietan detrás de mi, el doctor de la ART gordito pelado simpático tranquilo
ojos tristes sonrisa de buenazo me decía calma, te vamos a ayudar, tu cerebro tiene que meter dos, tres rebajes, el miedo te aceleró, es la muerte que te hace finitos diez, cien veces al
día, demasiado cerca la muerte, a un guiño, a un soplo, y entonces ahora vivís en caída libre, un borracho que se chupa los segundos y no les siente el sabor, por este camino te volvés
viejo antes de cumplir los treinta, a ver, decime, ¿a vos te gustan los cuentos orientales?, y ahí nomás se mandó un cuento chino sobre el cielo y el infierno, la leyenda dice que en el
infierno están todos sentados frente a una mesa interminable, de tantos que son apenas caben, un plato de arroz frente a cada condenado, un plato de arroz rico caliente humeante, ni fuego
ni ratas ni demonios, el castigo es morirse de hambre con la comida a la vista, los chinos tan apretados que cuando estiran los bracitos las manitas los palitos para llevarse el arroz a la
boca los palitos chocan contra hombros cabezas lenguas y se les cae la comida y se vuelven locos, faltan treinta metros, resulta que el cielo es la misma cosa, estos chinos siempre tan
sutiles, la misma mesa los mismos platos el mismo arroz todos súper apretados, pero como este es el cielo la gente es buena y sabe algo que los malos no aprenden ni aprenderán, y eso es que
cuando estiran los bracitos las manitas los palitos, en vez de buscar la propia boca le apuntan a la boca del vecino y ¡oh, milagro!, el arroz no se cae, ni un granito se cae, faltan veinte
metros y los chinos del cielo tienen la panza llena, mastican una dos cincuenta veces cada bocado y con eso son felices para toda la eternidad, y no sé por qué me acuerdo justo ahora de ese
cuento, qué quiso decirme el doctor con ese cuento esa sonrisa esa calma, capaz que el sueco mientras estaba en coma visitó el cielo y algún chino le metía arroz en la boquita rosada y el
rubio meta ñam ñam y mientras esperaba el siguiente bocado le contaba a otro chino que un colectivero porteño le había puesto un espejazo en el cogote hasta que un día se despertó en una
cama de hospital con granos de arroz pegados a las muelas, faltan quince metros, hace calor pero yo mejor pienso en el gordo de la ART, pienso igual que un chino positivo, tengo que
respirar profundo y bajar un cambio, que este colectivo puede ser el infierno pero también puede ser el cielo, ya pasé el negocio de cigarros pipas y tabacos, el de artículos regionales, la
agencia de viajes, el puesto de quiniela, me pregunto si habrá una equis roja pintada donde cayó el sueco, las vacas empujan, vamos que al fondo hay lugar, a no quejarse que antes era peor,
había que cortar boleto calcular el vuelto meter los cambios, parece fácil pero hay que domar a estas fieras, hay que meterse entre los autos cada vez más autos, esquivar a los peatones
cada vez más peatones, cada año más pasajeros, a muchos les conozco las caras porque la gente siempre hace lo mismo en el mismo lugar, se suben en la parada de siempre se bajan en la parada
de siempre, y quién te dice si no conozco de alguna parte al amigo del padre del tío de la gorda de la cuarta fila, eso también me lo decía el sicólogo, qué loco el gordito con sus
historias, él jura que toda la gente del planeta se conoce o que al menos está relacionada, porque si uno tiene un amigo que vio a un tipo que le compró fruta a la abuela de otro tipo que
vino de China, otra vez los chinos, al final es como si uno conociera a todo el mundo, y como yo no entendía el doctor me hizo un dibujo en un papel, unió punto con punto con punto y al
final de cuentas no somos tan distintos ni tan extraños, somos todos puntos, y si un punto le compró fruta a la abuela de uno ese punto es casi un amigo, faltan diez metros, pobre el
gallego del bodegón cómo va a perder, cómo se acortan los metros los segundos y hasta la cocina no paro, este volante está más duro que una piedra y los frenos no frenan y el fuelle del
acordeón se congela y Paraguay cada vez más angosta, ¿y si todo se repite?, ¿y si aparece otro sueco equilibrista?, ¿y si alguien pregunta una gansada?, el doctor decía concentrate, respirá
profundo, pensá en positivo, entonces yo pienso que los pasajeros que viajan sentados parados apretados transpirados en realidad se conocen, no son extraños, son casi hermanos, bueno
tampoco exageremos, son casi primos y con eso alcanza, si yo a mis primos los quiero un montón, de chico me divertía más con ellos que con mis hermanas, faltan cinco metros, no, mentira, ya
no falta nada, aquí estoy pensando boludeces y se me pasan los metros de la vida, cuando el doctor me mostró el dibujo de los puntos que nos conectaban con los chinos, los del cielo y los
del infierno, yo le dije que esas líneas eran caños, cañerías de agua fría o de agua caliente, él me miró sorprendido y después se rió, por un momento no supo qué decir porque a veces me
agarran ataques de creatividad y hago preguntas medio locas, y aunque los sábados con los muchachos juego al arco a veces corto un centro y salgo gambeteando y me pongo loco de contento
cuando el campo se abre a mis pies con las caras de susto de los jugadores del otro equipo que se venían al humo y ahora quedaron clavados al piso mientras me ven picar a contramano, el
doctor dijo la verdad, no se me había ocurrido que podían ser caños, dijo, yo pensaba líneas, sólo líneas que conectan a la gente, líneas que hay que pintar de a poco, en colores, para
disfrutarlas mejor, ¿me entiende?, líneas que muestran que el mundo es más chico que antes pero que también cada vez está más lleno de puntos, todos distintos los puntos, el chino de al
lado o el africano o el paraguayo esperan que les acerquen la comida a la boca, cada punto diferente y por eso hay que tomarse el tiempo para conocerlos, la esquina, la esquina, la esquina,
faltan cinco metros, no, mentira, ya no falta nada, ya puedo verle la cara al gallego detrás de la caja registradora, en cualquier momento veo al nene que vende biromes entre las mesas, el
plato que pidió el viejo que hace un año se sentaba en la mesa frente a la ventana, hoy es martes, sí, martes, seguro que pidió pollo, para qué sentarse en un restaurant a comer comida de
hospital, bueno, allá él si el pollo le gusta más que la entraña, entonces el doctor dijo caños, qué interesante, me gusta la idea porque por los caños se mueven las aguas, las ideas, los
sentimientos, qué buena imagen, y yo dije también se mueve el arroz para los chinos, o la sopa, o la polenta, porque el arroz a la larga cansa, ¿no le parece, doctor?, y él dijo a mí me
encanta la polenta con tuco, que además se mueve despacio y así es mejor, la velocidad la inventó el Diablo, usted imagínese la polenta en la cañería, nunca apurada, siempre en primera,
pisar el freno pisar el freno agarrar el volante girar girar girar en positivo, el doctor dijo le agradezco la idea, si me permite la voy a usar con otra gente, les voy a decir a todos que
se le ocurrió a usted, y yo no podía parar de hablar, a mil por hora hablaba, fijese, doctor, que por los caños puede pasar la bronca el odio la mala leche la pena la culpa, pero también
puede pasar la felicidad el amor la buena onda el perdón la alegría la compasión, a él le brillaban los ojos, anotaba y decía dele dele, siga hablando, y el volante dobla, una seda en mis
manos, y el interno dieciocho obedece, un pájaro en primavera, y el codo flexible se dobla al medio, un acordeón que canta milongas, y la mitad de adelante del colectivo, grande como el
cielo, avanza por San Martín mientras la otra mitad sigue en Paraguay, caliente como el infierno, y todo sin matar a nadie, aunque el espejo de la derecha le hace un finito a un poste de
luz y veo al viejo, sí, el de siempre, parece mentira, que se mete en la boca un pedazo de pollo y lo mastica sin mirarme porque ni siquiera se acuerda de que existo, pero yo lo miro a él y
pienso te conozco, viejo, y al gallego del bodegón también lo conozco, fue él quien llamó a la ambulancia y salió para atender al sueco tirado en la vereda, y para abrazarme a mí que me
daba piñas en la cabeza y lloraba como un pibe, y el gallego te conoce a vos, viejo, porque sos un cliente fiel, y por el caño invisible que nos une yo te mando una onda de la mejor, y con
sólo pensarlo la calle se ensancha, los segundos se estiran, el aire me infla los pulmones y me parece ver, aunque seguro es un espejismo, porque la visión dura menos que un latido,
mientras la fiera se acomoda sobre San Martín y flota pluma pluma rumbo a la plaza allá lejos, allá abajo, que la imagen del viejito en el espejo retrovisor, antes de volverse punto
geométrico, corta un pedazo de pechuga, moja el tenedor en la salsa de la fuente, y se lo ofrece con una sonrisa, la misma que me afloja los labios apretados, la misma que contagia a las
vacas, al nene que vende biromes entre las mesas.