3er premio VI Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Pablo Pedroso

Junio. Es un domingo gris y frío. Me estoy vistiendo, sin prisa, aburrido. Me asomo por la ventana de mi habitación, ausente de curiosidad. Veo un gorrión aferrado a una delgada rama de uno
de los tantos árboles de la vereda. Parece una bola de plumas, gordito, muy manso, muy quieto, sufriendo el día, perdido entre las ramas de un paraíso sin hojas.

Tic tac, tic tac. El tiempo pasa, el gorrión sigue ahí y yo lo miro aún sin terminar de vestirme. No sé quién está más quieto de los dos. No llego a ver sus ojos y no creo que él vea los
míos. De pronto algo me enciende, busco en el placard y encuentro el rifle de aire comprimido que me regaló el abuelo. Reviso tres cajones hasta que doy con los balines. Cargo el rifle,
abro la ventana; el frío me pega en la cara y me hace pestañear. Vuelvo a mirar la rama del paraíso: el gorrión sigue ahí. Le apunto pero no disparo. Mi corazón se acelera y no quiero que
esta sensación dure tan sólo un segundo. Espero y me deleito. Ahora le apunto a la cabeza que apenas asoma, luego un poco más abajo. Busco o hago tiempo, no sé. Quiero que trate de salir
volando, que no sea tan fácil. El viento mueve la rama. Pum. Disparé. Él no había intentado nada pero yo empezaba a aburrirme.

Me termino de vestir y salgo a la calle, recojo el cadáver del gorrión y lo coloco en una bolsa de papel. No hay nadie en la calle, ni siquiera una vieja barriendo hojas. Vuelvo a casa a
terminar de preparar las cosas. Pongo en marcha la combi y dejo la bolsa sobre el tablero. Me divierte ver la bolsita de papel con el gorrión dentro que comienza a vibrar por el temblequeo
del motor, me causa gracia pensar que está vivo y que se quiere escapar.

Llego a las vías y estaciono la combi cerca del puente, un poco oculta detrás de unos matorrales. Camino pegado a las vías unos cincuenta o sesenta metros, me cercioro de que nadie me vea y
dejo el gorrión en una zona de pasto ralo. Guardo la bolsa de papel en el bolsillo y vuelvo a la combi con prisa. Me acomodo en la parte trasera, cierro las cortinas de las ventanillas y
asomo el rifle por una mínima rendija. Espero.

¿Será un gato? ¿Será una rata? Pienso en esa boludez durante un tiempo largo. Sigilosa, por las vías, aparece una rata, gris, horrible. Pasa por debajo del alambrado, se frena y olfatea; se
para en dos patas y vuelve a olfatear elevando su hocico todo lo que puede. Le apunto. De un brinco se lanza sobre el triste pajarito muerto. Disparo. Fue inmediato. El cuerpo de la rata
quedó volcado sobre el gorrión. Me relajo, dejo pasar un par de minutos. Bajo de la combi y camino hasta llegar junto a la rata muerta. Su panza es blanca. Le veo los dientes y unos bigotes
que parecen de alambre. Ya no le tengo miedo. Con un palo la volteo y la alejo del gorrión unos centímetros. Acerco el palo a la cabeza de la rata, lo mantengo casi inmóvil por varios
segundos hasta que me decido y le doy un golpe seco, y uno más. No hay dudas de que está muerta. Saco la bolsa de papel y vuelvo a guardar el gorrión, retuerzo la bolsa para que no se abra
con facilidad y la arrojo con fuerza al medio de las vías.
Vuelvo a la combi (hace más frío). Guardo el rifle y preparo la carabina para lo que vendrá. Me acomodo otra vez, la misma rendija y el dedo acariciando el gatillo, atento. Pasa un tren
hacia Retiro con pocos pasajeros, se cruza con otro que va al Tigre y los dos hacen sonar sus bocinas. A lo lejos se acercan tres perros vagos. Saltan de la calle a la vereda y de la vereda
a la calle. No encuentran mucha basura que revolver. Son dos perros grandes aunque flacos y uno bien petiso y peludo. Dudo un poco a qué perro apuntarle hasta que elijo al más chico, tiene
pinta de ser ladrador insoportable. Sé que debo ser preciso, que necesito un buen disparo. Uno de los dos perros grandes camina por la calle, pasa a un metro de la rata muerta pero no la
ve. De los otros dos es el chiquito el que la descubre, frena su marcha y se para muy cerca de la rata. El otro, curioso, se arrima atravesando mi línea de fuego. “Debo ser preciso -me
repito-, necesito un buen disparo”. Los dos perros me dan su perfil, el grande amaga con acercarse a la rata pero no se decide. El chiquito, más curioso o menos cobarde, se arrima un poco
más. Este es mi instante, puedo verlo bien, le apunto al centro de la oreja, ruego que el proyectil atraviese esa mata de pelos y estalle su cabeza. Pum. Da un largo gemido y cae, su pata
trasera se sigue moviendo a sacudones. Su lamento se hace eterno. El grandote recula tres o cuatros pasos y sale corriendo con la cola entre las patas. El otro perro, que tenía medio cuerpo
metido dentro de una bolsa de basura, se asoma sin saber bien para dónde mirar, cuando siente que yo abro la puerta de la combi se da cuenta de que lo mejor es rajar. Me acerco con cierto
apuro, llevo la carabina conmigo. El perro da dos o tres sacudones más. Mi primer tiro le entra por el cuello, el otro, en el medio del pecho.

Dentro de poco será de noche. Lustro la carabina mientras espero, cuando pienso que es un mal día para cazar aparecen dos pibes en bicicletas. Charlan, andan rápido, ni se enteran del perro
muerto y desaparecen doblando en la primera esquina. Más tarde veo venir a un cartonero que arrastra un carro donde amontona las mierdas que encuentra por ahí. Frena junto a un árbol y
carga una pila de diarios que alguien dejó abandonados, inspecciona entre unos yuyos altos pegados a las vías y encuentra un poco de alambre que arroja a su carro sin mucho entusiasmo. Se
acerca, de a poco, hacia la zona donde lo espera el perro muerto. Lo veo a través de la mira de la carabina, unos cuantos harapos lo protegen del frío y no me permiten precisar si es joven
o viejo, ni siquiera sé si es rubio o morocho. Tampoco me importa demasiado. Camina por la calle arrastrando los pies, cansado de hoy o de siempre. Llega hasta donde está el perro muerto
pero sin mucha curiosidad. Se detiene, agarra un palo que asoma de su carro y se lo clava al perro un par de veces. Le apunto. Da un paso más y se queda. Disparo pero justo en ese momento,
como un milagro, como si supiera, él se agacha. La bala le debe haber pasado por encima de la cabeza. En un solo movimiento gira su rostro y mira en dirección a la combi. Le veo el blanco
del ojo. Disparo otra vez. No hizo falta más.

Me tuve que quitar el abrigo, entré en calor (cargar al tipo, pasar el alambrado y colocarlo sobre las vías no fue fácil). Dejo la carabina y preparo el fusil Mauser, le cargo las cinco
balas de rigor. Salgo de la combi y subo al terraplén del puente para poder ver mejor. Siento un silbato, el tren que viene desde Retiro va deteniendo su marcha; el chirrido de los frenos
no deja de sonar. Sigiloso llega hasta donde está tirado el cartonero, atravesado en las vías. Un último resoplido marca que su andar se detuvo. Por un instante todo está quieto hasta que
una de las puertas por fin se abre. El guarda baja con una linterna en la mano. Unos cuantos pasajeros se asoman por las ventanillas, un tanto curiosos, un tanto molestos. Apunto pero no me
decido a qué dispararle. El guarda mueve su linterna de un lado al otro, entre las ruedas del tren, mientras avanza por las piedras con bastante dificultad, con miedo quizás. “Las presas
huelen al cazador”, decía mi abuelo. Mi corazón se acelera: es el momento de disparar. Pum… Pum… Pum… Pum… Pum… Los cinco tiros, todos al mismo lugar. Escucho el ruido de las balas pegando
en el techo de metal de la cabina del conductor, luego ni un grito, nada más. Me río. El tren no se movió.

Puercoespín

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