Benito en la oscuridad

mención de honor VIII Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Luis Montero Trenor

Nadie sabía que a Benito se le estaba yendo la olla. Sus compañeros de oficina, esos que le rebautizaron secretamente con el nombre de “Boniato”, jamás pudieron atisbar sombra alguna de
extravagancia en el hombre más silencioso del lugar. Aburrido, formal, sin indicios de escaqueo o frustración, aparentaba vivir para tener la mesa ordenada, presentar los informes a tiempo,
moderar el tono de sus propias palabras y cumplir, de cabo a rabo, la jornada laboral. Había nacido para ser lo que era: un administrativo calvo, responsable y silencioso. Un hombre
tediosamente cabal. Y por pringao pasó a ser blanco perfecto de todas las burlas.

Y Boniato, que a las veinte horas, treinta minutos y cero segundos daba por concluido el trabajo, descendía luego las escaleras de dos en dos, de cuatro en cuatro, de seis en seis.
Demasiado rápido. Ya en la calle, corría hasta el coche, lo ponía en marcha, encendía la radio, elevaba el volumen de la música hasta límites intolerables y se convertía -pitidos, velocidad
excesiva, insulto al resto de conductores- en un auténtico desalmado. Algo te obsesiona y por eso galopas.

De casa al trabajo por la mañana, del trabajo a casa cuando llega la oscuridad. Vivía y vive con su madre, divorciada de nacimiento y feliz por tener allí a un hijo que en realidad evita su
compañía y, nada más llegar, busca precipitadamente una habitación de la que no sale en horas. Un cuarentón solitario, demasiado observador y que prefiere los inviernos -benditos sean-
porque en esa estación la luz artificial ilumina y descubre desde muy pronto las intimidades del vecindario.

¿Pero qué haces, pringao, en la penumbra? ¿Piensas vivir así el resto de tus días?

Porque cada noche, el oficinista calvo, bajito y ligeramente regordete pegaba su nariz en el cristal de la ventana que daba a un patio interior y esperaba y desesperaba hasta que detrás de
otro cristal aparecía su vecina, una mujer -calculaba- quince años más joven que él, morena y triste, que no solía defraudar las expectativas de nuestro inigualable superhéroe: entraba en
la habitación, se quitaba la ropa y así, como Eva desnuda en el paraíso de Benito, pasaba el resto de la noche. A Boniato, el de la olla extraviada, el que observaba el panorama inmóvil y
encima de una pequeña mesa, el empleado de confianza, el hombre gris, se le caía la baba hasta el subsuelo de su cuarto. Empezó siendo un juego, se convirtió en costumbre y devino al fin en
obsesión. Degenerado, nada te importa más que ese espionaje inconfesable. Hasta hace año y medio eras más normal porque normalidades eran las que hacías con aquella novia eterna, pero de
pascuas a ramos, sin interés, con el deseo en Babia y en China la pasión, los testículos bostezando, fijas las manos, ausente la boca. Era un sexo rancio, más precoz que rápido, de aquí te
pillo y aquí me muero. Y cuando para alivio tuyo ella te dejó y tus colegas volvieron a llamarte, la pantalla del móvil iluminaba la negrura de tu habitación con una luz insoportable.
Entonces, ante el temor de verte descubierto -podía suceder si ella volvía los ojos hacía tu ventana-, te estremecías, te agachabas sobre la mesa y esperabas a que los tonos dejaran de
sonar. Ya no tienes ese problema porque jamás llama nadie. Y no es que estando solo seas muy feliz, pero es mucho peor cuando te molestan.

A finales de enero, buen mes por ser oscuro y significar una especie de temporada alta en el feliz cumplimiento de su obsesión, ocurrió un acontecimiento inesperado: la madre de Benito no
estaba en casa, quedando justificada su ausencia gracias a un mensaje en el contestador del teléfono. “Hoy me quedaré más tiempo en el bingo, seguramente hasta la madrugada”. Notó Benito,
aunque sin darle importancia, cierto tono de bochorno y disculpa en la voz de su progenitora. La realidad era que aquella mujer rutinaria y bastante tocada del ala había sido seducida sin
miramientos por un anciano que, sentado en su mesa, jugaba los cartones de veinte en veinte. Aquella noche podría presagiarse del siguiente modo: Benito, el muy cabrón, se la pasaría
babeante y de puntillas sobre una mesa mientras su madre, sobradamente septuagenaria, viviría momentos de extrema pasión sexual con el jubileta que la había arrancado del sopor de las
bolitas numeradas para arrojarla dulcemente en brazos de la viagra.

Pero eran casi las diez y algo marchaba mal. Las alarmas estaban encendidas. Se mascaba la tragedia. No era normal que a esas horas la vecinita aún no estuviera dando el show. De pronto
algo inesperado hizo que Benito, alma pura y cándida, se estremeciera. Sonó el timbre. Aquello era un problema, pero la decisión tomada fue firme: se mantendría en su cuarto y esperaría a
que el inoportuno visitante – ¿quién cojones será? ¿No entenderá que estoy haciendo algo FUN-DA-MENTAL?- depusiera su actitud. Cuarenta segundos de silencio y otra vez “ding dong”; medio
minuto y vuelta a las andadas. Sin dejar de reprochárselo, Benito fue resignadamente hasta la puerta sospechando que quizá en esos momentos apareciera la vecinita e iluminara el cuarto
vecino sin hacer lo propio con los ojos hambrientos de Boniato. Abrió la puerta y lo que vio le desarmó, congeló y provocó temblores. Era ella, la chica frustrada y buenorra que había
conseguido apartarle de sus amigos, de sus hobbys y de su razón. Conozco de buena tinta la conversación que siguió a tan inaudita sorpresa y tengo a bien reproducirla:
Benito – silencio perplejo.
Ella – Perdón por llamar a estas horas, tal vez sea demasiado tarde. Vivo en el 5ºA y…
Benito- Mi vecina.
Ella- Eh… Sí, su vecina. Mi nombre es Elena y…
Benito- ¿Dices que te llamas Elena?
Elena- Si, Helena con hache. Resulta que iba a entrar en casa y me ha parecido oír un ruido que provenía de dentro. Son imaginaciones mías, seguro, pero soy una miedosa y quizá no fuera
mucha molestia para usted entrar conmigo y comprobar que todo está bien.
Benito- ¿Quieres que vaya contigo a tu casa?
Helena.- Lo siento si estaba haciendo algo importante, pero se lo pido por favor. Si fuera tan amable…

Así que Benito, educado y cortés como casi siempre, dio media vuelta, buscó las llaves de su casa y echó a andar detrás de Helena. Al llegar a la puerta -entre las dos viviendas no habría
más de diez metros- la vecinita afinó el oído y dijo susurrando: “Parece que esta vez no se escucha nada extraño”. Giró la llave y entró con paso precavido. Ella vestía una cazadora de
cuero y pantalones vaqueros; él, la segunda equipación completa del Real Madrid (medias incluidas). La inspección de aquella vivienda se llevó a cabo sin sorpresas ni sobresaltos; eso sí,
no es difícil imaginar el triple salto mortal del corazón del Boniato cuando puso los pies en el cuarto que era, para él, templo consagrado a sus más irresistibles impulsos sexuales.

¿Abandonó Benito aquel lugar una vez finalizado el breve patrullaje nocturno? Sería lógico pensarlo, pero a la anfitriona no le parecíó bien dejar marchar a su héroe sin ofrecerle algo de
beber. Qué menos. Helena, notablemente agraciada en lo físico, sentía repugnancia por esos buitres rebosantes de baba que acostumbraban a incordiarla en las discotecas y más aun por
aquellos que, pervertidos y víctimas de un infantilismo crónico, mirábanla con ojos llenos de sucio deseo cuando hacía top-less en sus solitarios veraneos playeros. Saltaba a la vista que
su vecino no era así. La típica intuición femenina. Agradecida y cómoda, Helenita quiso invitarle a un Gin Tonic -se lo sirvió a sí misma- que el caballero de los ojos perversos sustituyó
por una coca cola. La mujer, harta de tantos años de soledad penando la ausencia de un buen hombre a su lado, comenzó a mostrarse cariñosa y hasta insinuante con su invitado. Sorpresas te
da la vida, los dos estaban a punto de poner fin a incontables noches de triste abstinencia sexual. Cuando Benito tuvo claras las intenciones de Helena, se levantó más o menos abruptamente
del sillón y dijo -su voz rotunda no dejaba lugar a la esperanza- que no podía seguir ahí, tenía que volver a casa. Helena asumió aquello como otra pequeña derrota. Ya casi no dolía.

Con los ojos desquiciados, Benito corrió hasta su habitación y lanzó un suspiro de alivio tras comprobar que Helena no había empezado a desvestirse. Por nada del mundo se hubiera perdido el
espectáculo que estaba a punto de comenzar. Trepó hasta lo más alto de la mesa y juró en falso que aquella noche sería la última.

Leave a Reply