Gustavo Boschetti

Busco en el diccionario el significado de la palabra saber.  Después de innumerables acepciones, aparecen los antónimos. Entre ellos: perderse.
Ahí me detengo.
Si el opuesto de perderse es saber, entonces un sinónimo de saber debería ser encontrarse.
Encontrarse nos remite directamente al cliché “encontrarse a uno mismo”.
Aunque no sepamos muy bien de qué se trata, aceptamos que “encontrarse a uno mismo” es una de nuestras necesidades básicas,  puesto que así lo establecieron los libros de autoayuda  y las religiones.
“Orando te encontrarás a ti mismo”, o bien, “te encontrarás a ti mismo con uso correcto de tu inteligencia emocional”. 
En algún punto de su evolución, el ser humano tuvo su “día maldito”. Fue el día del nacimiento de la conciencia.
El hombre comprendió que no le alcanzaba simplemente con estar ahí, puesto en el mundo, sino que además debía encontrar las razones.

Y empezó a hacerse preguntas que, inevitablemente, lo llevaron a las religiones y a los libros de autoayuda.
¿Qué soy? ¿Qué hago acá? ¿Y qué seré cuando ya no sea, es decir, cuando me muera?
Y también se preguntó: ¿Hay algo por saber? ¿Yo realmente  algo? ¿O creo que sé y en realidad no  nada?
Ya sabemos, el único que respondió a eso fue Platón, en boca de Sócrates. Pero no lo tomemos demasiado en serio. El ateniense pecaba de falsa modestia. En el fondo, él pensaba que sabía un montón de cosas.
Luego, con los años, una gran cantidad de barbudos se dedicaron a demostrar que no era tan así; que Platón le había errado el viscachazo y que en realidad no sabía tanto como él creía que sabía.
Veinte siglos después, seguimos con el rollo de no saber cuánto sabemos realmente.
Uno de los barbudos más escépticos fue Nietzche, que sinceró de un plumazo a toda la raza humana y definió así al hombre moderno: “»Estoy completamente desorientado, soy todo lo que está completamente desorientado”
“El sueño de la razón produce monstruos”, escribió Goya en una de sus pinturas. Tal vez Goya y Nietzche estaban en lo cierto: tal vez la búsqueda de la razón y del saber son la verdadera maldición de la raza humana.

El hombre universal de Sei Fong Pintado
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Los animales, por fortuna para ellos, están libres de esa maldición. Los animales no necesitan “encontrarse a sí mismos”, puesto que no existe, para ellos, un “sí mismo”. Gozan de esa falta de conciencia que los vuelve, de algún modo, privilegiados.
El pájaro no se pregunta por qué está ahí. No necesita decirse “cogito ergo sun” mientras se rasca la cabeza con la punta de las plumas. No tiene nada que indagar. Al pájaro le basta con saber que necesita alimentarse y protegerse de los predadores. Se acabó.
El Leopardo de la sabana africana es el mamífero más veloz del mundo. Sin embargo, a su velocidad, le agrega un saber. Cuando el antílope huye en línea recta y luego gira en noventa grados, el leopardo sabe que debe tomar la hipotenusa para interceptarlo más rápidamente, ahorrándose varios metros de carrera. Para nosotros es algo conocido, ya que lo aprendimos del teorema de Pitágoras. Al filósofo griego le llevó varios años demostrar que la suma del cuadrado de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. Pero el leopardo, simplemente, lo sabe. Aún sin la valiosa contribución de la geometría analítica.

El perro nacido en las islas del delta del Paraná sabe que una mordedura de Yarará puede provocarle la muerte. Por eso, al advertir a la víbora, hace un largo rodeo en círculo y la evade, a fin de evitar el ataque. No es algo que el perro sepa por experiencia, puesto que una sola mordedura anterior le hubiese resultado fatal. Simplemente, lo sabe. De antemano. Y no crea que es algo obvio. El perro de ciudad que es llevado a la isla, por ejemplo, no lo sabe.
Decir que “la naturaleza es sabia” es un lugar común, una frase gastada. Pero además es incorrecta. La sabiduría implica una adquisición previa del conocimiento, un aprendizaje. La naturaleza, por el contrario, lleva el conocimiento en sí misma; un saber que está más allá de la experiencia y de las existencias individuales.
Baruch de Spinoza, que no era barbudo pero sí una de las personas más brillantes que habitó esta tierra, sostuvo que existe una inteligencia transversal a toda la naturaleza, propia de todos los seres y las cosas. Una inteligencia sui generis, sustancial y totalizadora. A esa intellegentia, Spinoza la llamó: Dios.
Dios, para Spinoza, no está en el cielo. Está, por igual, en todas las cosas. Dios es el universo. De eso se trata el panteísmo: “Dios es todo. Todo es Dios”. Y de aquí que, asumiendo esta idea, esos misteriosos saberes de la naturaleza nos resulten mucho más fáciles de comprender.

Sin título de Mario Calvo
2do. Premio V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Hablaba de ese día maldito en el que el ser humano se chocó de frente con su conciencia. Y con sus deseos, sus miedos, sus ambiciones. En ese preciso instante nos apartamos de la creación, del universo sustancial de Spinoza. O de la Madre Tierra, si usted quiere. Y al mismo tiempo que se multiplicaban las preguntas y las dudas, nuestros saberes comenzaban a mermar en la misma proporción. De nuestra confusión surgió la cultura, la ciencia, las religiones, el psicoanálisis, las editoriales de autoayuda; y también nuestra certeza -ahora sí, justificada- de que sólo sabemos que no sabemos nada. Y no es una ocurrencia mía: casi todos los barbudos coinciden en lo mismo. Somos una especie destinada a vivir confundida, a perderse en forma continua.

perderse, justamente, que es el antónimo de saber.

No es extraño que a la hora de saber encontremos en la literatura los mejores resultados. En su intención de dar cuenta estéticamente de un lugar, de un momento, de un particular, termina revelando esas verdades que a las grandes teorías científicas y filosóficas parecen escurrírseles entre los dedos. Leamos, por ejemplo, el siguiente párrafo:

“Esta no es una fórmula para vivir feliz; creo que no, pero sí lo es para tener fuerzas y examinar el contenido de la vida, cuyas apariencias nos marean y engañan. No mire lo que hagan los demás. No se le importe un pepino de lo que opine el prójimo. Sea usted, usted sobre todas las cosas, sobre el bien y el mal, sobre el placer y sobre el dolor, sobre la vida y la muerte. Usted y usted. Nada más. Y será fuerte como un demonio entonces. Fuerte a pesar de todo y contra todos. No importe que la pena lo haga dar de cabeza contra una pared, interróguese siempre, en el peor minuto de su vida, lo siguiente: “¿Soy sincero conmigo mismo?” Y si el corazón le dice que sí, y tiene que tirarse a un pozo, tírese con confianza. Siendo sincero no se va a matar, porque no se puede matar. La vida, la misteriosa vida que rige nuestra existencia impedirá que usted se mate tirándose al pozo. La vida, providencialmente, colocará, un metro antes de que usted llegue al fondo, un clavo donde se engancharán sus ropas…y usted se salvará”

El señor que lo dijo no era un barbudo de los claustros. Era un hijo de inmigrantes austríacos que nació en el barrio porteño de Flores en el año mil novecientos. Se llamaba Roberto Arlt, y escribió toda su obra desde la más conmovedora pobreza. Siempre lo criticaron por ser rústico y un poco ignorante. Algunos lo trataron de “animal”.
Pero para mí…qué quiere que le diga…un tipo que dice esas cosas, que todavía apuesta a la percepción y al instinto que creemos haber perdido para siempre, que de algún modo nos reencuentra con el pájaro, con el perro y el leopardo, ese tipo, para mí, sabe un montón de cosas.

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