Ana Serrano

Frente al teclado de mi PC. (casi un pelotón de fusilamiento) recordé aquella tarde que mi padre me llevó a conocer el negocio de Lotería. Claro que no era en Macondo sino en una barriada de Avellaneda, allá a fines de los «cincuenta». Tarde aquella que marcó definitivamente mi vida.

Mi padre, idealista, soñador, un poco loco, creía firmemente en los golpes de la suerte. En ese toque que nos haría cambiar la vida en un momento.Y que nunca tuvo. Y ese día fatídico me llevó a mí a comprar el billete poque me colgué de sus manos inesperadamente De esa manos enormes de laburante, ásperas y sinceras. Fue el destino.
El negocio sobre la Avenida Mitre, era sombrío. Una cueva oscura donde se oía solamente el subido de un ventilador de pie y, como vendían tabaco y cigarros de hoja, un olor agresivo para mi nariz infantil inundaba todo. La dueña, una mujer mayor vestida de negro, teñida de rubio descolorido, con las uñas afiladas y coloradas, con una boca enorme rojo carmesí (una bruja espantosa para mi mirada), puso sobre la vitrina que usaba de mostrador los dos billetes y, sin duda cómplice de las Parcas, pronunció la frase fatal:
-«¡Que elija la nena!». mientras sonreía impúdicamente. E instrumento del destino inexorable armó la escena para que mi padre, que ya había decidido, me incitara a elegir entre uno de los dos. Me costó mucho Me negaba con firmeza, siempre rebelde a los mandatos. Pero la bruja insistía e insistía… Hasta que por fin, vencida mi resistencia (apenas tendria seis o siete años) levanté un dedito Y por supuesto ¡elegí el otro! Al lado, sobre el mostrador, había quedado el Gordo de Navidad que nos habría cambiado la vida definitivamente.
Creo que mi padre, en el fondo de su corazón, nunca me lo perdonó. Durante muchos años contaba esta historia con una sonrisa, mirándome de reojo, temeroso de mi ira. «¡Si no hubiera sido por la nena!»
Y desde esa tarde, fatalmente una sentencia me persiguió para siempre: «¡Anita no tiene suerte»!
Y como inevitablemente las profecías se cumplen siempre, sobre todo si son proferidas por lenguas paternas, así fue: Nuca gané nada en sorteos, tómbolas o bollilleros, nunca tuve un número premiado, ni en la lotería ni en rifas escolares, barriales o laborales Jamás gané un PRODE o un Quini6 (Bueno ¿para ganar hay que jugar no? Y yo no juego). Jamás encontrè dinero tirado en la calle, y las pocas veces que fui a un casino perdí lo que llevaba. Si hubiera sido varòn habria hecho la «colimba» seguramente en la cordillera, cuando era obligatoria y se definía por sorteo.
¡La suerte! ¿Estar en el lugar indicado en el momento indicado? Y la mala suerte ¿lo contrario?
Porque una cosa es no tener suerte y otra tener mala suerte. Yo mala suerte nunca tuve.
Pero todos conocemos a alguien que la tiene. Que es yeta y que encima la atrae sobre los demàs. El mufa. Lo que toca contamina. Su sola presencia puede desencadenar catàstrofes. De nada vale hacer cuernos con los dedos, besar la medalla de San Benito, acordarse de las hojitas de ruda que nos pusimos entre los pies y los zapatos, tocarnos la teta izquierda o su correspondencia varonil según el género; oler el ajo macho que llevamos en la cartera (yo tenia uno que consiguió mi mama en la feria del barrio y lo llevaba en la cartera en una bolsita de cuero -Mi cartera olía permanentemente a pizzería de la Boca-.
Yo conocí a uno famoso. Cuando entraba en el bar de la esquina de la facultad, huíamos desesperadamente, sobre todo si era día de parcial. Militaba en una agrupación política a la que llamabamos «Los Demetrios» o «Los Fantasmas». No recuedo el nombre pero sí su figura. Impecablemente vestido de traje oscuro (los demetrios se vestían así) y con la cadena de un reloj asomándose por debajo del bolsillo. El pelo prolijamente peinado con gomina y el bigotito negro Qué antigüedad! Se contaban de él cosas terribles casi inenarrables.
En todo barrio, escuela, trabajo, universidad, club, círculo hay un mufa. Hasta un presidente mufa tuvimos. Yo aprendí a no nombrarlo. Se acuerdan de las listas que aparecían en Internet detallando cuando habia estado presente en situaciones catastróficas.
¡Qué jodidos somos los humanos! Què discriminatorios! Basta que identifiquemos a uno para que lo carguemos de historias inverosímiles y dañinas, poniendo en su figura toda nuestra irresponsabilidad por decisiones equivocadas. Pero aún reconociendo esta hijoputez, ¿no se lavó las manos después que un mufa lo saludó o no hizo los cuernos por debajo de la mesa o rechazó una invitación a comer con amigos «si va fulano»?
A la suerte hay que ayudarla, decia mi abuela gallega, que sabía que nada se consigue sin esfuerzo. Y me contaba un cuentito.(Voy a tratar de contarlo según su versión sin contaminaciones intelectuales, por cierto mi abuela no lo era);

«Jesus andaba por el mundo con sus discipulos y un dìa en un camino se se encontrò con un carrero con su carro encajado en el barro. El hombre, muy creyente, se había puesto a rezar y suplicaba al Señor que lo ayudase. Jesús, impasible, continuó su camino. Más adelante encontró otro encajado y encima con la carreta cargada (parece que habia llovido mucho) que empujaba y empujaba mientras maldecía con palabras soeces a Dios, a Jesus y a la Virgen Santísima y a todos los Santos del cielo, mientras se deslomaba empujando los bueyes. Jesús, haciendo oídos sordos a tantas imprecaciones, se detuvo y lo ayudó y el carrero pudo seguir su camino. Relato poco canónico, sobre todo si el que lo cuenta usa epítetos irreproducibles al referirse a las figuras sagradas, pero que denota la manera que mi abuela entendió la vida. Sin creer en el destino fijado vaya a saber por quién sino en la responsabilidad de asumir las elecciones a las que permanentemente nos ponen las circunstacias de la vida.
Los latinos nombraban como sortis la suerte o la fortuna. Lo que a uno le habia tocado en suerte en la vida. Y lo que le habia tocado en suerte era irremediable. El destino, el fatum, imperaba sobre la voluntad de los hombres y aun sobre la voluntad de los propios dioses. Ni Jupiter (Zeus para los griegos) podìan torcer su voluntad. La suerte era independiente de la voluntad de los dioses, los que estaban sujetos a ella.
El hado, la suerte o la fortuna de cada uno era inmutable. Y sino pregúntenle a Edipo.
Hiciera lo que hiciera iba a terminar matando al padre y a casarse con la madre sin saberlo.
«Las Parcas. Diosas de la Suerte velan para que se cumpla el destino de cada uno segun las leyes eternas, sin obstáculo ni demora. Todos, incluidos los dioses están sometidos a su voluntad. Tejen los hilos de la urdimbre de la vida de cada uno y nadie se salva de sus designios».

¡A la mierda Sonaste! pensé para mí releyendo un viejo diccionario de mitología. Haga lo que haga no puedo torcer mi destino.Y si mi destino es no tener suerte no lo voy a poder remediar ni con amuletos, estampitas del Gauchito Gil o San Ceferino, tréboles de cuatro hojas (que busque incansablemente en mi juventud y nunca encontré) patitas de conejo en el llavero, piedras consagradas a alguna deidad astral, plantando ruda en el jardín (plante como cinco y siempre se secan), cuernitos de coral que compro como «Recuerdo de Lujan, por ejemplo». Igual no tiento a la mala y jamás, si leyó bien, jamas paso debajo de una escalera, entro a un lugar con el pie izquierdo o no doy la vuelta en redondo si en la calle se me cruza un gato negro. Por las dudas.
Menos mal que pasó mucho tiempo y el tiempo trajo el pensamiento del judeo cristianismo que sumó al de los griegos los principios del libre albedrío y tiró a la basura la fatalidad de la suerte. Pero también trajo la culpa. Y la nuestra es una civilización basada sobre la culpa. La verdad es que no estaba tan mal esto del destino inexorable. Hiciera lo que hiciera el hombre no era responsble, eran las Parcas. Ergo no habia culpa. Se podía matar a la madre o violar a la hermana, comerse a los hijos robar a los amigos, asesinar a esclavos o vencidos. Era el destino. Y tampoco se tenía miedo a la muerte Ese día estaba fijado (mejor dicho tejido) y nadie lo podia cambiar. Por eso los soldados tenían tanto valor en las guerras (No era necesario darles anfetaminas en la sopa). Total daba lo mismo, si tenia que suceder sucedía y si había que morirse se moría el día fijado, en la batalla o pisado por una vaca enfurecida en cualquier camino. Acaso, aquel que no me animo a nombrar, no decía en sus discursos a los hermanos y hermanas de la patria que «nunca se muere en la víspera» ¡Fatalista el hombre no!.

Libres de reponsabilidad personal los hombres no tenían culpa. Era más cómodo. Pero ya no.
«Mala suerte si hoy te pierdo, mala suerte si ando solo el culpable soy de todo….» nos dice el tango. Y zas ¡se nos mezcla la suerte con la culpa. Y perdimos muchachos!
Ahora acarreamos con la responsabilidad de la elección y cada día decidimos por nosotros mismos. (o nos hacen creer que elegimos, pero esto lo charlamos otro día) Claro, podemos elegir ser buenos o malos (habria que pensar que es ser bueno o malo según la moral reinante en este mundo); elegímos comer mucho o hacer dieta, caminar media hora todos los días, tener una vida sana y tratar de vivir muchos años o fumar, tomar alcohol, comer grasas y hacer fiaca y decir «¡ma’ sí, pa’ lo que hay que vivir!». Y todo depende de nosotros y no de las tres viejas harpías que se lo pasaban tejiendo.

Pero ¿la suerte existe? Hablamos de la buena suerte. Porque también hay tipos con culo. Se ganan el prode, la lotería, el auto que regala Clarín, los tres kilos de asado y el litro de tinto del bono obsequio de la carnicería del barrio con el Sorteo de Reyes o el huevo de pascua gigante en Semana Santa que rifa la mejor confiteria del pueblo. Les sale el crédito imposible; si compran un auto por sorteo se lo sacan primero cuando otros tienen que pagar 150 meses a

ntes que se lo entreguen; se muere un pariente en Italia al que nunca conocieron y les deja unas tierras en la capiña que se cotizan en euros. O se casan con la mina de guita que encima es hija única y que conocieron por casualidad el día del cumpleaños de la prima de un amigo al que fueron sin ganas. Yo tengo un conocido que su abuelo se sacó la loteria ¡2 veces! Y es verdad aunque Ud. no lo crea.
Las brujas no existen pero… A lo mejor Cloto, Laquesis, y Atropos, aquellas temibles hijas de la Noche, olvidadas por los hombres

y hasta por los dioses que no creen más en ellas, cansadas de hilar y aburridas, de vez en cuando se divierten con nosotros y nos mandan una racha de buena o mala fortuna. Por las dudas estemos preparados y que cuando llueva sopa no nos encuentre siempre con un tenedor en la mano
.

 

«portugal» de Cesarino Manuel de Sousa Martins
I Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas Crepúsculo – cat. suerte

Es grave cómo se ha ido desvaneciendo la cultura del saber, vinculándose a un conocimiento particular cada