– ¿Y, se decidió por alguna?
– Sí, quiero la blusa de una manga.
– ¿Algo más?
– Quiero esas tres monedas egipcias que están a la derecha, abajo, en la vidriera.
– ¡Sabe elegir el caballero! ¿Alguna otra cosita?
– Sí, quiero a su hija.
– ¿Cuál de las cuatro?
– La de quince.
– ¡Señor, si la mayor tiene nueve años cómo me dice quince!
– No me expresé bien, la de quince pulgadas.
– Ah, qué pena. Edelia no está en venta. Tiene la manía de meterse en las vitrinas. Se pasa horas ahí quietita.
– Me la llevo. ¿Qué come?
– ¡Cuánto lo siento, caballero! Ya le dije. Ella no está en venta.
– ¿Veinte mil dólares, estará bien para usted?
– ¿Digamos veintidós mil quinientos? Le explico, con Melquíades estamos planeando abrir una sucursal. Anoche hacíamos cuentas y justo nos faltan veintidós mil quinientos dólares.
– ¿Cerca de aquí?
– Y, no tanto. Salónica está a quinientos doce kilómetros de Atenas.
– ¡Y de acá a Atenas hay como quince mil!

Maya con muñeca – Picasso

– ¿Para usted eso representa alguna contrariedad? Porque lo noté un poco alterado. ¿Usted piensa que Edelia nos va a extrañar mucho, teme que le resulte cargosa? Es buenita, con que disponga de alguna vitrina, o ventana, así, detrás de un vidrio es capaz de pasar semanas, le aseguro. ¡Canta de lindo! Tiene que oírla.
– No sé. Piense que es un cambio  repentino de hogar y además los padres se van tan lejos… Usted misma, ¿lo va a soportar?
– Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados
– ¡Ustedes los griegos, tan filosóficos!
– No soy griega, soy de Sarandí. Lo que pienso, es por la influencia de la cultura elénica.
– Querrá decir helénica.
– No señor, elénica, la que heredé de mi madre, Elena Guiñazú Alcázar, mozárabe por parte de madre.
– Bueno, bueno, basta de firuletes, ¿me la vende?
– ¿Veintidós mil quinientos?
– Sí señora, que no estamos regateando.
– ¿Cómo la va a llevar?
– ¿No camina?
– Sí, pero prefiere ir en auto. Por lo de mirar a través de los vidrios. Eso sí, no le permita acostarse en la luneta.
– Por supuesto, es un lugar peligroso.
– No lo decimos por eso. Es que despierta demasiada curiosidad…
– Tiene razón.
– ¡Es la primera vez en mi vida que me lo dicen! Se lo agradezco pero la paso mejor así. Es menos comprometido.
– Tiene razón.
– ¡Otra vez con eso! ¿Usted me odia, tiene algo en contra de mí?
– Ah, me ha atrapado en un laberinto, ¿qué quiere que le diga, tiene razón, está loca, cómo la conformo?
– Ah, eso era. Conformarme. Una especie de carnada o peor aún, un intento de soborno. Le doy la razón y usted no me joda. ¿De esas malas artes se trata? ¡En buenas manos va a caer mi chiquita! ¡No señor, renuncio a la sucursal, pero no le vendo nada a Edelia!
– Cálmese señora, empecemos de vuelta.
– ¿Y, se decidió por alguna?
– Sí, quiero la blusa de una manga.
– ¿Algo más?
– Quiero esas tres monedas egipcias que están a la derecha, abajo, en la vidriera.
– ¡Sabe elegir el caballero! ¿Alguna otra cosita?…
– ¡Sabe elegir el caballero! ¿Alguna otra cosita?
– En realidad sí… Pero no sé cómo lo va a tomar.
– ¿Quién, yo?
– Sí, usted.
– ¡Sepa señor que yo no tomo, no fumo, hago vida sana! ¡Vida sana! ¡No se confunda conmigo!
– ¿Y cómo quiere que no me confunda mujer?
– ¡Ay, ahora me hizo acordar a mi primer marido! Que en la paz del señor descanse. ¿Y cómo quieres que no me confunda mujer? me dijo esa mañana después del buen trago de insecticida que se tomó de la jarra de vino que sacó de la heladera.
– ¿Y qué hacía la jarra de vino con insecticida dentro de la heladera?
– ¡Nada hombre! ¡Qué ocurrencia! ¿Usted alguna vez vio que una jarra haga algo adentro o afuera de una heladera? Que yo sepa se están ahí donde alguien las deja.
– ¿Y quién había dejado la jarra con insecticida en la heladera?
– No lo sé ni tampoco me importa. Creo que frente al abismo de encontrarme joven e inexperta, viuda tan de repente, todo lo demás son insignificancias ¡y no me venga ahora con que tengo razón!
– De acuerdo… No. Digo… de ninguna manera. ¡Pero basta de una vez!
¡Quiero a su hija Edelia, la de quince pulgadas y le voy a pagar los veintidós mil quinientos dólares que me pidió.
¿Yo le pedí algo?
– …
– Me está resultando medio rarito usted. No sé si se merece una chica como Edelia.
– ¡Señora por favor!
– Ah, bueno, así es otra cosa. A mí, si me piden por favor me conmueven. Si usted se va a llevar a Edelia vamos a ser como de la familia y entre parientes no vamos a estar haciendo negocios. Se la regalo. Yo le regalo a mi nenita y usted de puro contento me regala cincuenta mil dólares.
– ¡Ah, ahora Edelia vale cincuenta mil!
– Señor el valor de un hijo no se mide en plata. Nunca tasaría ni en todo el oro del mundo a un hijo mío. Está bien, si no quiere que nos hagamos regalos, que así sea.
– ¡Ay por favor! ¡Basta! ¡Acá le dejo un cheque por cincuenta mil dólares, deme la chica y terminemos!
– ¿Alguna otra cosita?