2do premio III Concurso Anual Internacional de Relatos Crepúsculo

de Elisabeth Adriana Jorge

Apertura
Pone en marcha el reloj y comienza a rascarse el bigote. Gesto odioso que yo tendré que soportar, seguramente, hasta el fin de la partida. Además, tiene cara de estúpido.Abre con peón 4 rey; (P4R), y detiene el reloj.
Le respondo con una jugada en espejo, (P4R) y espero. Él levanta la vista, deja por un momento su bigote en paz y señala el reloj. Odio jugar con reloj, no volveré repetir esa palabra en este relato, como tampoco las notaciones algebraicas, que me resultan tan tediosas como la medición del tiempo. Pero no puedo asegurar que no repetiré la palabra estúpido. Carlos Arredondo, así dijo llamarse cuando se anotó, juega con blancas por haber ganado un certamen; no dijo cuál, ni cuándo. Lo que demuestra que es poco caballero. Saca el alfil de la reina y lo planta amenazando a la mía. Este movimiento llama la atención del público (estamos jugando en el patio del colegio el torneo anual de profesores versus ajedrecistas del barrio, a beneficio de la cooperadora. Otra estupidez: hubieran recaudado más vendiendo tortas). Así que ahora al calor sofocante del patio se le suma el calor humano. Mi malestar no se suma, es constante. Practico ajedrez para distraerme y, aunque parezca una paradoja, lo practico para no pensar. Yo juego.
Saco el caballo del rey, mi táctica es sencilla, utilizo maniobras simples para obtener alguna ventaja transitoria La estrategia es más complicada, por eso le devuelvo el tiempo a Arredondo. Él parece ser una de esas personas que pueden dedicar toda la vida a ensayar las posibilidades infinitas que pueden darse entre treinta y dos piezas, y sesenta y cuatro casillas. Tiene, lo leo en su cara, la estúpida convicción de confundir inteligencia con pericia en el ajedrez.

Medio Juego
El patio, el calor y los murmullos parecen suceder en otra dimensión. El minutero corre. Arredondo está concentrado, lo que acentúa notablemente su cara de estúpido. En la próxima jugada sacaré el alfil para preparar un enroque. O mejor, el caballo de la dama. El caballo es la pieza más libre de este juego. Las demás piezas se mueven en línea recta, o en diagonal, el caballo, puede combinar ambos sentidos. Por supuesto que la dama también puede, pero siempre dentro de una línea. El caballo, quiebra la línea: salta: si yo fuera ese caballo y la manzana en la que está el colegio mi base, podría saltar a la manzana de enfrente y después a una en diagonal, ¿a la derecha o a la izquierda? A la derecha está la estación Belgrano R, a la izquierda mi casa y frente a mí, Arredondo, que después de pensar seis minutos, retrocede su alfil. Yo puedo dudar seis minutos, seis horas o seis años, pero no puedo retroceder.
El tiempo corre. Mi rival se impacienta mientras miro fijamente el caballo que pondré en juego para defenderme. Debí hacerlo hace dos jugadas, tal vez ya sea tarde. Muevo el caballo y le devuelvo el tiempo a Arredondo, para que lo apremie a él. El aire del patio va impregnándose de olor a torta recién horneada y a café, lo que logra que el público se disperse y yo pueda respirar. Arredondo resopla por la nariz, me mira, arquea las cejas. Creo que aprovechará la distracción del público y del árbitro, que camina por entre las mesas, para decirme algo.
Yo tendría que decirle que quiero abandonar, pero eso no se avisa. Si abandonara tendría que ver la satisfacción en su cara de estúpido, y eso no se soporta. El calor de este patio tampoco. Suelto un suspiro desde lo más profundo de mi paciencia. Arredondo llama al árbitro para solicitarle un breve permiso —así dice— para ir al baño.
Por fin sola, pienso, un segundo antes de que mi celular comience a sonar dentro de la cartera. Cuando intento leer el mensaje, el árbitro me dice:
—Señora, el celular tiene que estar apagado.
—No importa, no voy a contestar.
—Igualmente es un elemento de distracción, apáguelo, por favor.
Iba a responderle que elementos de distracción me sobran, pero no dije nada y lo apagué. Yo sabía que el mensaje era de Pablo para preguntarme a qué hora volveré a casa. Creo que a ninguna, creo que no volveré, quiero abandonar, y eso no se avisa. En la estación Belgrano R habrá algún tren para comenzar a alejarme.
Arredondo está de regreso. Se sienta, carraspea y pone en marcha el cronómetro (algún ajedrecista me corregirá diciendo que no es un cronómetro: es un reloj doble, cuya finalidad es medir el tiempo individual de cada jugador, mientras el jugador piensa. Es absurdo pensar contra reloj. Arredondo debe tener la idea de que es una ciencia. Qué estúpido. Moveré el caballo en la próxima jugada, aunque me cueste una torre. La torre es una pared circular, en el círculo hay un rey y una dama. Si la dama, que ya no soporta el encierro, se atreve a montar a caballo, podrá salir del círculo y de sus celdas, del tablero y de este patio caluroso.

Final
En las otras mesas los jugadores han terminando sus partidas. Arredondo, seguramente, prepara otra de sus jugada aprendidas de la Wikipedia. Yo sólo pienso en abandonar. Ya no juego sólo atino a defenderme.

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