Acerca del cuento “Bajo el Sol Jaguar» de Ítalo Calvino

por Romina Dziovenas

…serpientes absortas en el estremecimiento de deglutirse mutuamente, conscientes de ser, a nuestro turno, deglutidos por la serpiente que nos deglute a todos…

Bajo el Sol Jaguar es un libro publicado con tres cuentos que Ítalo Calvino escribió antes de morir. Su idea era escribir un cuento para cada uno de los sentidos. Su muerte interrumpió este proyecto dejando pendientes aquellos referidos a la vista y al tacto.
Me centraré en el cuento «Bajo el Sol Jaguar» que está «dedicado» al gusto y que tiene como protagonistas principales a Olivia (variante de Olivo que significa aceituna) y su partener (cuyo nombre no se sabe) y que es quién encarna la voz del relato, llevando a cabo la narración de la historia.
Se trata de un hombre y una mujer y entre ellos las vicisitudes de un viaje en el que deciden conocer México. Es indudable que conocer un país para cada uno de ellos despertará diferentes sentires, sin embargo, algo se destaca: el comer juntos y aquello que participa de dicho acto.
El «sabor» y el «saber» son, podría decirse, centrales en el relato del cuento permitiéndonos inferir ciertos entrecruzamientos entre ambas palabras las cuales además comparten una misma raíz ya que ambas provienen del latín «sapere».
A lo largo de la lectura de Bajo el Sol Jaguar se convida al lector con un amor que podríamos llamar “carnal”. Se trata de un amor nutrido de un banquete de palabras que van nombrando un cuerpo, el del partener, el propio. Y en ese acto aparece subrayada privilegiadamente esa zona erógena tan particular que es la boca. Van quedando ambos protagonistas, cada uno a su modo, bajo una especie de encanto delicioso.
Conocer los sabores emanados de las comidas se entrecruza con un des-conocerse mutuo. El encuentro con lo des-conocido del otro puede ser pensado como uno de los modos posibles de abordarlo, movimiento que permite pensarlo no ya desde el lugar común de los saberes cotidianos y cristalizados sino desde algo más sutil, menos evidente para el observador ingenuo aunque crucial para la secreta intimidad de dos personas que deciden compartir sus vidas.
Sexualidad… yendo de la cama a la mesa
Las palabras también pueden “tragarse”.
Olivia le reprocha algo, se trata de su temperamento poco comunicativo y su afán por dejarle a ella la tarea de mantener «viva» la conversación. Es viéndola comer que él gusta de ella, que la de-gusta. Escucha sus comentarios acerca de las supuestas e ilimitadas combinaciones de sabores y acerca de su deseo de saber sobre aquellas personas que fueron sacrificadas y luego ingeridas. Misteriosa existencia la de este «comer atemporal» que se mantiene vivo a través de la frescura de los relatos que circulan en el imaginario de sus lugareños, y que es revivido una y otra vez al probar los manjares deleitados.

Pensamientos de Mariana Gisele Zambrana
V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Ella pregunta con devoción, él no, en cambio la devora con su mirada.
El sacrificio aparece como inseparable del deseo que arde al ritmo de los chiles triturados encendiendo fuego en la humedad de las lenguas.
La devoración y la identificación quedan emparentadas: aparece en escena lo oral y su relación con los objetos primordiales del sujeto humano. El otro es objeto de incorporación canibálica, punto de fusión máxima. La boca es el lugar dibujado y coloreado donde Olivia «entra y sale» para su partener. Nutrirse de ella le presta un cuerpo en tanto sujeto deseante (mientras que Olivia lo define como “insípido”, monótono, etc, él encuentra su “propio sabor” sólo a través de ella).
Comer juntos, compartir el acto del comer, cuestiona su función meramente biológica y alimenticia ya que al incluir al otro (ausente o no) el comer es acto condimentado con los ingredientes del deseo y del amor. El compartir ritualiza el comer tiñéndolo de subjetividad.
Ese saber «minucioso y puntual» que las monjas, en tiempos pasados, transmitían con empeño a través de sus comidas pasando días infatigables en la cocina, buscando incansablemente combinaciones de sabores que se revelaban infinitas para producir en los comensales sensaciones excesivas y desbordantes, condensa de un modo exquisito lo sagrado de un ritual pleno de castidad y lujuria, de prohibiciones y excesos.
Conocer un lugar turístico, saber de él, a partir del hecho de saborear sus comidas como si la comida hablara del lugar o hiciera hablar a partir de la combinación de sus diferentes sabores, no es sin la «ingestión» de diferentes relatos que dan forma al lugar impregnándolo de matices.
Podría trazarse un paralelo entre visitar un país extranjero (conocerlo e internalizarlo a través de sus comidas) y dejarse habitar por un otro. Otro que de cómplice y cercano, se revela como diverso, distinto, straniero?: “… era distinto el modo en que vivíamos nuestra pasión en armonía con nuestros temperamentos…”

Ambos emprenden un doble viaje: por México y por ciertos senderos aún no transitados de sí mismos, conocidos y a la vez extraños entre sí y para sí: “… el acuerdo físico entre Olivia y yo estaba atravesando una fase de enrarecimiento…”. Una Olivia que por momentos sorprende con su devoción incesante por saber detalles acerca del modus operandi del sacrificio humano. Extrañeza que despierta en su pareja lo que de ajeno y extranjero encuentra en sí mismo: su propio deseo voraz que incluía a Olivia en tanto era amada, deseada por él.
El amor que une, unifica, contiene en su núcleo lo fragmentario de las satisfacciones pulsionales que, sin contradecirlo, lo sostiene. Quizás el saborear nos acerque a ese modo de incorporación del mundo, y que acaso remita a esa indiferenciación primera. Los niños acaso den cuenta de esto cuando en sus primeros tiempos de vida «pasan todo por la boca», necesitan «probar» el objeto, asimilarlo a su mundo y en el mismo acto diferenciarse de él. Como si se tratara de un incipiente modo de ubicación de esos objetos en el espacio, que más tarde se traducirá en su gusto, preferencia o bien en su rechazo.
Se establece así cierta medida desde los primeros tiempos que da la posibilidad de un acercamiento con respecto al objeto a conocer y en el mismo acto, también la posibilidad de diferenciarse de él.
La literatura podría pensarse en su comparación con un  manjar a degustar al tiempo de cada cual donde cada plato así como cada libro elegido arbitrariamente cada vez desde el interés, el deseo, etc., permite saborear sus saberes provisorios, ficcionales, cambiantes, ensaladas de palabras, estéticas y circulares invenciones, en ocasiones modestas aunque inquietantes presentaciones del mundo, como esas deliciosas y coloreadas ficciones construidas desde la cocina de su autor, con el calor de su pluma, al ritmo de sus sentires, dispuesto a entregar  algo (propio?) para que un otro pueda degustarlo.
Es sabido que el cuerpo sufre una transformación con el alimento que recibe.
Otra transformación aunque diversa sucede cuando esas letras, esas historias penetran en las fibras de quien las lee: desde el «comerse el libro» a poder saborearlo, es impensable por fuera de esa combinación precisa de ingredientes, ese entramado particular, allí donde autor y lector se mezclan para disolverse… allí algo sucede: la creación literaria, brindemos!, se ha producido.

Bibliografía:
-Calvino, Ítalo, Bajo el sol jaguar,    Tusquets, 1989.
-Freud, Sigmund, Pulsiones y destinos de pulsión (1915). Obras completas. Volumen XIV, 1979.