ABC… M(undo)
por Denise Barac

“La educación es nuestra nueva revolución. No es el fusil, no es la violencia, es la educación”. Esto dijo, con el torso desnudo y un “fuerza mapuche” escrito en la piel, René Pérez Joglar, cantante de Calle 13, en el festival chileno “Viña del Mar” de este verano.

Fue antes de cantar Latinoamérica, su canción más sentida en estos territorios. Un tema que escribió pensando en América Latina y en todos los jóvenes que están estudiando. Una canción, también, que es éxito en MTV. Un hit en las radios. Un grito de guerra en medio de la entrega de los premios Grammy.
¿Y será porque las realidades son tan complejas que a veces hasta lo desafiante se vuelve producto para el mercado?
No hay recetas que contengan los pasos para cambiar las cosas en este suelo que hace más de cinco siglos se riega con la sangre de los/as que gritan, de los/as que desafían la opresión, de los/as que cantan… Tampoco las hubo para las revoluciones airosas, ni para los pequeños logros de los/as oprimidos/as.
Si antes se pensaba en el ataque por un solo frente, en que la principal contradicción era capital-trabajo, hoy la pelea se da en múltiples sentidos. La cultura, entendida fuera del museo, desde lo que sentimos, lo que pensamos, lo que deseamos, lo que hacemos, lo que consumimos, lo que sabemos, lo que creemos, lo que conservamos y lo que transformamos, es un campo en disputa constante, una arena de combate.
Y uno de los viejos frentes de la batalla cultural es la educación.
La escuela en Argentina nació en sintonía con la conformación del Estado Nacional y tuvo como principal función saldar las diferencias sociales a través de la instrucción básica universal. Su objetivo era la transmisión cultural de la época.
Muy poco queda hoy de ese origen. El rol del Estado se ha desplazado dándole lugar al Mercado y así entraron en escena las escuelas privadas; que conviven con las públicas, pero acentúan la desigualdad. Además, los cambios sociales, políticos y culturales de estos tiempos abrieron nuevos desafíos
frente a la inclusión social, el intercambio en la diferencia, la incorporación de nuevos y “otros” saberes y de los nuevos códigos culturales que han producido los avances tecnológicos.
Pero, volviendo al tema, sí, volviendo. Porque, ¿acaso no había educación antes de que se fundara la primera escuela? ¿Sólo nos formamos allí? Reducir la educación a la escuela es como reducir el arte a las Bellas Artes, o la comunicación a los medios de comunicación. Así como dentro de la escuela se libra la batalla por la conservación y la transformación cultural, fuera de ella y con la educación como arma, muchos/as dan la pelea por el fin de la opresión.
Las teorías de la educación se han posicionado respecto del cuestionamiento de la sociedad en la que vivimos. Las llamadas teorías tradicionales, nueva, tecnicistas, no-directivistas, tecnocráticas y conservadoras, ven en la educación la solución para los problemas sociales. Y, a su vez, ven a estos problemas como naturales del sistema; porque aceptan las condiciones materiales como dadas, como lo establecido.

Por otro lado, las teorías críticas cuestionan el orden social y las condiciones establecidas. Dentro de éstas, las conocidas como crítico-reproductivistas, centran su análisis en el terreno sociológico y no el educativo. Las crítico -propositivas, como su nombre lo indica, consideran que existen espacios alternativos generados por la especificidad de la educación y que permiten realizar propuestas de acción para la transformación social. Estas últimas, en el terreno de la práctica, son las que nos ocupan; ya que, si bien para ellas la educación depende de la sociedad, ésta puede intervenir para su transformación.
Hay muchos y muchas que no esperan el Cambio Social para proponer otras formas de educar, y, paralelamente a otros procesos, fomentan, por ejemplo, la educación popular.

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Juan Sebastián es moreno, de ojos negros rasgados y seño fruncido. Tiene siete años y de él se dice que es terrible. Va a segundo grado de una escuela pública de las afueras de La Plata. En su barrio, al sur de la ciudad, donde las calles son de tierra y la arquitectura la construyó la urgencia, se abrió un taller de apoyo escolar. Juan Sebastián, su hermana de once y su tía de siete, van todos los sábados.

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Popular, liberadora, dialógica o de los oprimidos,son las distintas maneras de llamar a este tipo de propuesta pedagógica. No son adjetivos sino que funcionan como sustantivo. No califican el tipo de educación que se brinda sino que construyen otra cosa.

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De los bolsillos del pantalón de jogging azul opaco de Juan Sebastián sobresalen dos bultos. Un mazo de cartas de puntas abiertas y redondeadas partido en dos resalta por los costados de su cuerpo. El niño hunde sus manos los bolsillos y toma las cartas estirando los dedos para que no se le caigan. Junta los dos montones en un mazo de ocho centímetros de altura.
–¡Mirá! ¡Mirá como tiro!, ¡mirá! –le dice a Laura, una de las talleristas, mientras se coloca en pose de lanzamiento: pie derecho al frente, pie izquierdo en noventa grados y las rodillas semi flexionadas. La carta de Son Gohan (personaje de Dragon Ball Z) gira en el aire como una estrella de acero y choca contra la chapa que divide el tinglado del comedor del patio de la casa vecina. Cae en medio del charco.
Juan Sebastián se da vuelta y mira a Laura. Sonríe. El niño corre hacia el fondo del tinglado, se agacha y toma la carta. La pasa sobre el jogging y la une al mazo. Corre hacia la joven mientras ella saluda a otros niños que acaban de llegar.
–Este es Trunks, ¡mirá! –dice mientras le da tres golpes suaves en el brazo. Con las dos manos sobre
el mazo pasa la carta de arriba hacia abajo.
–Y este es Goten, el hijo de Chichi y Son Goku.
–Faah… ¡Cómo sabés! hacete unos dibujos de Dragon Ball para la próxima, ¿dale?

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«Lucha» de Fernando Diaz Mirón
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

La idea es partir de lo existente para poder trascenderlo. Como dice Paulo Freire, el mayor referente pedagógico de esta propuesta: “Las cosas no son así, están así”.
La pelea en esta arena es larga y peliaguda, pero hay quienes dicen que vale la pena; porque hay cambios que no pueden posponerse para “etapas” posteriores. El desafío es urgente.

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Ese día los talleristas de apoyo escolar no consiguieron atraer la atención de Juan Sebastián. Lo convocaron una y otra vez a decir el abc con los/as demás niños/as de la mesa de lectoescritura, a separar palabras en aplausos, a pensar cosas que empiecen con… No hubo caso, la escena siempre terminó en empujones con el/la de al lado, pelea por los lápices de colores, en “yo no quiero”, en “no me gusta” o en hoja rota. El taller siguió su curso, o pretendió hacerlo, mientras que el niño anduvo por ahí.
Los ruidos se escucharon hasta el fondo del tinglado.
Una mezcla de esos tiros que escupen saliva y pasos firmes sobre la chapa.
–¿Qué hacés ahí? ¡Juan Sebastián bajá ya del techo!
–Dijo Tomás, que fue el primero que lo vió.
–¿Por qué?
–Porque te vas a caer y te vas a romper la cabeza.
El niño frunció el ceño y apretó los labios.
–Juan, bajate por favor. –insistió Tomás mientras tiró el cigarrillo a mitad de fumar.
–¡No me voy a bajar! ¡No me voy a bajar!
Nadia, una de las otras talleristas subió el tono de la lectura, mientras que Natalia le dio énfasis a sus explicaciones matemáticas y Laura aplaudió como si más que separar palabras en sílabas quisiese cortarlas.
–Si te caés de ahí te podés matar, Juan. Dale, no seas malo. –Dijo Tomás en una frase más pausada.
–Y a mí qué me importa… que me mate. Si todo el mundo me trata mal, qué me importa.
Por la columna de fierro, Tomás comenzó a subir al techo.

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La educación popular no cuenta con seres iluminados, ni seres sin luz (alumnos), construye un conocimiento que brota de la experiencia y la lucha de clases. Un saber construido por los sectores populares y que fortalece su poder de transformación social. Se trata de una educación que se propone construir conciencia y protagonismo social y político, que busca formar sujetos libres, críticos, autónomos y creativos. Una educación con la que se lee el abecedario pero también el mundo.

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A pesar de la lluvia intermitente, esa tarde fueron más de quince chicos/as y el taller se armó adentro del comedor. No había lugar ni para que caminaran las hormigas. La maestra de cuarto grado le había dado de deber a Daiana una guía de diez preguntas sobre la división política y las características poblacionales de la Provincia de Buenos Aires. Ella, precavida, se llevó un libro de Ciencias Sociales.
–Laura, ¿me ayudás a buscar?
–Sí, ahí voy. –Dijo Laura mientras repartió unas hojas para colorear a las más pequeñas que también compartían la mesa.
Daiana esperó en silencio mientras Laura explicó que había que pintar sólo las cosas “que empezaran con la letra de mamá”.
–Tengo que buscar esto. –Dijo Daiana mientras señaló la guía de preguntas escrita por ella en hoja de carpeta.
–Bueno… busquemos en el índice a ver por dónde puede estar la respuesta –dijo Laura mientras recorrió, con el dedo, la página de arriba hacia abajo–. La primera puede andar por acá. –Dijo, mientras le dio el libro a Daiana y se volteó hacia Celeste, que no dejaba de tirarle del brazo para que le diga si “¿hay que pintar el mono?”.
Daiana clavó la mirada en el texto y se inclinó sobre él. Con el dedo índice comenzó a seguir el devenir de las palabras de izquierda a derecha. Al cavo de unos minutos se puso a hablar con Rocío y a indicarle qué debía pintar y qué no.
–Dai, dejá que Rocío descubra cuáles son las que hay que pintar –dijo Laura–¿Cómo te fue a vos?
Daiana encogió los hombros y bajó la mirada.
–A ver, –dijo Laura mientras agarró el libro y lo puso entre las dos – ¿Cómo era la pregunta?
Daiana agarró la hoja de carpeta y se la dio.
–¿Cuántos habitantes tiene que tener un lugar para ser considerado ciudad? –leyó Laura.
Daiana empezó a leer el texto en voz casi imperceptible.
Laura la acompañó corrigiendo y completando letras en medio de los silencios. Las palabras se fueron espaciando cada vez más hasta que Daiana se cayó. Su mirada seguía clavada en el libro.
–¿Y, Dai? Vamos…
Daiana continuó en silencio y Laura dejó de insistir.
Ambas permanecieron calladas por varios segundos. Cuando Daiana levantó la mirada tenía los ojos llenos de lágrimas.
–¿Qué pasa…? –dijo Laura mientras se dio cuenta que estaba peguntando una obviedad.
–Nada…
–Descansemos un rato, ¿dale? –propuso.
–No, no. Sigamos.
–¿Segura? Cortamos un rato y después seguimos.
–No… sigamos.
Laura empezó a leer con voz fuerte y pausada mientras recorría con el índice las palabras que iba pronunciando. Daiana la siguió, en voz baja, gesticulando con plasticidad.

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Entonces, ¿cómo formar sujetos que se sientan protagonistas de la historia? …que se sepan transformadores
de la realidad? …que no se apropien de la sumisión que les propone el pensamiento dominante?
No importa terminar el cuestionario, de lo que se trata es de seguir preguntando.