A propósito de la lucha
por Gabriel M. Vidart

Lucha, contienda, combate, disputa.
La lucha hace referencia implícita al movimiento,
al cambio y a la transformación. Es aplicable tanto al plano físico como al mundo de las ideas.
Supone la existencia de opuestos y el conflicto entre los mismos. La imposición de una parte sin la oposición de la otra no es lucha sino dominación o sumisión. La lucha apela entonces a fuerzas en pugna.
Tales fuerzas pueden ser de naturaleza muy diversa.
Comprende el enfrentamiento físico entre individuos o conjuntos de individuos de una misma especie o de especies diferentes pero también abarca al plano de las ideas, de los puntos de vista,
de las ideologías o de las visiones del mundo.
Planteado en términos tan generales, se puede concluir que la lucha está presente en cualquier ámbito sometido a procesos de transformación. En su expresión más elemental puede representarse como la resistencia por conservar una realidad presente frente a la fuerza que ejercen agentes de transformación para alterarla.
La lucha de contrarios puede verificarse inclusive en ausencia de una voluntad explícita que guíe a las fuerzas en pugna, como por ejemplo la disputa entre agentes patógenos que agreden un organismo que reacciona y se defiende para preservar su salud, es decir, para preservar su statu quo.
Se puede entonces introducir un primer criterio para acotar el ejercicio analítico que pretendemos realizar. La categoría de lucha que nos interesa, supone la confrontación guiada de manera conciente por la voluntad de los actores en pugna.
Pero al referirnos a actores en pugna se introduce la pluralidad como condición para la existencia de la oposición. Y ello en rigor puede no ser así. Pues la lucha puede tener por escenario al sujeto y la oposición puede verificarse dentro del mismo, toda vez que tenga lugar entre opciones existenciales contradictorias que instalan el conflicto en su seno íntimo.
Esta dimensión de la lucha, de enorme interés para la filosofía y la psicología será también dejada de lado, pero reconociendo la enorme importancia que observa como materia de reflexión y análisis.
Entonces la lucha en el sentido que le estamos otorgando comprende sujetos diversos, guiados por una voluntad conciente, que se enfrentan en forma física o intelectual, o en ambas formas.
El enfrentamiento físico entre contendientes remite a la búsqueda del dominio a través de la fuerza. Se trata de un principio básico que está presente en la lógica de la cadena de la vida. La lucha por la existencia supone la interacción entre depredadores y fuentes de alimentos, sean estas de origen animal o vegetal. En la cumbrede la pirámide, prevalece no por su fuerza física sino por su capacidad creativa y transformadora la especie que ejerce el dominio hegemónico sobre el conjunto de la creación: los seres humanos. El conflicto entre fuerza bruta e intelecto se resolvió en el mundo de la naturaleza a favor de quien pudo ejercer el mayor dominio intelectual. Pero no por ello el ser humano ha renunciado a la fuerza bruta como argumento.

Habiendo entonces resuelto a partir del desarrollo de los distintos procesos civilizatorios su disputa con el resto de las especies, el hombre en calidad de sujeto hegemónico se sustrajo del conflicto con las demás especies de la creación, a las que sometió domesticándolas, exterminándolas o confinándolas en espacios convenientemente apartados, para desarrollar un mundo propio, donde la sociedad humana ha estructurado una realidad que surge como una naturaleza social que se distingue y diferencia del orden natural. Sobre esta naturaleza social fluye en forma dinámica la gran creación económica, social, política y cultural de la especie humana: la sociedad organizada, con instituciones y sistemas de gobierno, administración y gestión que son el resultado de su inmensa actividad creativa.
Pero como bien se sabe, la sociedad organizada está muy lejos de carecer de conflictos. En el mundo moderno reciente, cuando el muro de Berlín fue desbaratado y el precipitado hundimiento de la Unión Soviética puso fin a la guerra fría que dominó el escenario mundial durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, Francis Fukuyama proclamó al mundo el fin de la historia. 1 A que se refería? A que el mundo se abría paso a una etapa superior, de madurez y consolidación de una economía de mercado que daría soporte a sistemas de democracia representativa, cada vez más inclusivos y con mayor capacidad de satisfacer las necesidades materiales de las grandes mayorías.
Frente a ese supuesto, encomiable pero ingenuo, surgió la precisa constatación del desplazamiento del eje de la conflictividad hacia senderos no convencionales, pero no por ello menos escabrosos, que son los que hoy configuran nuestra realidad presente: la emergencia de conflictos étnicos, el retorno a los ultranacionalismos en un mundo cada vez más globalizado y la constatación que reproduce Samuel Huntington cuando suscribe la weltanschauung de la nueva era expresada por Michael Dibdin: “ No puede haber verdaderos amigos sin verdaderos enemigos. A menos que odiemos lo que no somos, no podemos amar lo que somos. Estas son las viejas verdades que vamos descubriendo de nuevo dolorosamente tras más de un siglo de hipocresía sentimental. ¡Quienes las niegan, niegan a su familia, su herencia, su cultura, su patrimonio y a sí mismos! No se les perdonará fácilmente.” 2
Esta reflexión irónica y cargada de un escepticismo hobbesiano acerca de la condición humana, se ve tristemente confirmada en diversos ámbitos por prácticas políticas que la validan no como principio abstracto, sino como eje articulador de acciones muy concretas.
Veamos algunos ejemplos.
En el nuevo escenario mundial, supuestamente desapareció el riesgo de una confrontación bélica de escala planetaria. Pero la irrupción de diversos fundamentalismos, acompañados de metodologías terroristas, ha colocado al mundo en estado de máxima tensión. Los atentados contra las torres gemelas en Nueva York o la cadena de bombas que sacudió el subterráneo de España, son un duro testimonio de ello.
Pero en paralelo, y dentro de la lógica de las llamadas guerras de baja intensidad, el mundo asistió atónito, como supuesta respuesta punitiva a la agresión a las torres gemelas, a la invasión de Irak para destruir los arsenales de armamento de destrucción masiva en manos del dictador Saddam. Tales arsenales, principal argumento y justificativo de la invasión, nunca aparecieron a pesar de los concienzudos y sistemáticos rastrillajes de las fuerzas multinacionales comandadas por los Estados Unidos con participación de contingentes de varios países. Intentaron demostrar en vano lo que los informes de inteligencia y de las Naciones Unidas ya habían anticipado: los mentados arsenales no existían. Y que pasó? No pasó nada.
Una clara manifestación del nuevo formato de la lucha y de los conflictos de esta nueva etapa del mundo moderno toma corporeidad también con la irrupción de leyes anti inmigratorias en dos estados norteamericanos. Con tales disposiciones se da piedra libre para que las fuerzas policiales utilicen como criterio de detección de los posibles transgresores el color de su piel o determinados rasgos socioculturales que los convierten automáticamente en sospechosos. Y ello a pesar de la oposición y resistencia de la autoridad nacional.

«La Lucha» de Carmen Salome Soto Sanchéz de Cárdenas
II Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Ejemplos de actitudes racistas aparecen con una frecuencia muy preocupante en el discurso político de partidos conservadores de casi toda Europa. Sin necesidad de recurrir a realidades tan distantes, es posible encontrar en nuestras latitudes latinoamericanas prácticas de gestión política que recurren deliberadamente a la división de la sociedad y a la descalificación sistemática del adversario, instalando un clima de rispidez y tensión que debilita la posibilidad de estructurar proyectos de alcance nacional. Parecería que resulta políticamente más rentable recrear una conflictividad que tuvo un triste protagonismo hace ya más de tres décadas, antes que afrontar de manera serena los nuevos conflictos que tienen raíces genuinas en la realidad presente. Entre ellos la pobreza, la corrupción, la violencia y el delito que azota a vastos sectores de nuestras sociedades.

Pero es necesario tener bien claro que todo esfuerzo que tenga como propósito eliminar el conflicto, está condenado a fracasar. Porque el conflicto es la esencia a través de la cual lo nuevo se abre camino y se impone sobre lo que necesariamente deviene en obsoleto.
Llevado este principio al terreno de la producción del conocimiento científico, Thomas Kuhn en su clásico ensayo “La Estructura de las Revoluciones Científicas” apunta a que el progreso del conocimiento opera por una vía de ruptura (desestructuración) y de recomposición superadora en un nuevo paradigma, antes que a través de una dinámica acumulativa. Entonces, en la producción de conocimientos, es decir, en la conformación y superación de los paradigmas científicos, también es la lucha el factor clave para el avance de la ciencia.
En una línea coincidente, pero en forma previa a Kuhn, Gastón Bachelard acuñó la noción de corte o ruptura epistemológica, estableciendo que los avances en la ciencia no sólo requieren una acumulación sino, y principalmente, una ruptura con los hábitos mentales del pasado. Los avances se producen venciendo resistencias y prejuicios. De esta forma, su postura se puede sintetizar en términos de lucha, es decir, no se conoce con, sino que se conoce contra. 3
A modo de conclusión

La breve reflexión sobre el concepto de lucha, reconoce la función esencialmente revolucionaria y superadora que representa el conflicto como instrumento de crecimiento y superación.
En su lucha por la supervivencia el hombre fue capaz de afirmar su condición esencial hegemónica, a partir de hacer prevalecer su capacidad creativa y transformadora basada en sus facultades
intelectuales.
El choque de visiones del mundo y la disputa de intereses de orden económico, político y la lucha por el poder, es parte consustancial a la realidad presente y futura de la sociedad humana.
Pero ello no significa que se deba abdicar a la pretensión de lograr civilizar las formas bajo las que se despliega el conflicto. Esa batalla se debe dar desde una gran multiplicidad de frentes, dentro de los cuales, la lucha por construir sociedades más justas y equitativas, observa una importancia fundamental. No se trata entonces de eliminar el conflicto, porque eso es una utopía, sino de convertirlo de manera conciente en instrumento al servicio del proceso civilizatorio. Lamentablemente, el camino que nos falta recorrer se vislumbra como muy largo y penoso.


1 Francis Fukuyama, El fin de la Historia y el último hombre, Editorial Planeta, Buenos Aires, Argentina, 1992

2 Michael Dibdin, Dead Lagoon, citado por Samuel Huntingto, El choque de civilizaciones, Ed. Paidós, Bs.As. 1999

3 Gastón Bachelard, La formación del espíritu científico, Ed.