A las patadas con la Conciencia
por Luis Straccia

Por lo que uno ha podido ir viendo, a lo largo de estos años, tanto por experiencia personal como por ir mirando lo que hacen y piensan los que andan a los costados, la conciencia vendría a ser algo que, aparentemente, no se tiene de manera innata sino que se trata más bien de un algo que se obtiene, se gana y se cobra. Tuve conciencia, gané conciencia, cobré conciencia…de…
Sin embargo y a fuerza de sonar contradictorio, pareciera que la conciencia siempre está, etérea, borrosa, pero siempre está. Rigiendo las acciones, pensándolas, soñándolas, desde una determinada vara, desde un horizonte a donde llegar… juzgando.
En todo caso el desafío sería el poder descubrirla, reconocerla y aceptarla, bancársela con todo su discurso, su verdad y su ser a cuestas.
El tema es saber dónde se esconde, en que oscuro recoveco –del alma o de lo que sea- se acurruca, se agazapa, esperando el momento preciso para presentarse, cachetearnos y soltarnos unos cuantos improperios.
Recuerdo cuando el curita me contaba que “las asistentes sociales de la municipalidad no encuentran a los pibes que duermen en plaza Italia. No los encuentran, los buscan por las noches y nada. Claro, no saben que mientras ellas caminan la plaza mirando el piso, los pibes duermen sobre las ramas de los árboles para que la cana no los faje”.
Había una intención de parte del estado –o de sus agentes en este caso- , una buena intención en principio, pero faltaba el saber, el conocimiento que diera paso a otra forma de ver, de entender…y Ahí, con 20 años, uno va cobrando conciencia de ciertas cosas. Como que no todo está a la vista, como que la policía no se parece a la de las serie de tv.

La conciencia, la sabiduría y la experiencia, patean la calle juntas, a la par. A veces una le saca unos pocos pasos de distancia a las otras, quienes al rato se avivan y la alcanzan.

Sentados al cordón de la vereda, dejando la vida pasar en una tarde de siesta veraniega, tomo conciencia de los ojitos que miran las nubes y que no se han dado cuenta de que, ensimismado en mis pensamientos y en mi inconsciente mezquino, me he comido toda la mandarina que habíamos quedado en compartir. Comienzo a pelar otra, ya consciente de que debo cumplir con la palabra empeñada. Los ojitos nunca se percataron de mí accionar egoísta, pero algo dentro de uno lo puso en vereda y le marcó el camino a recorrer.
Humildemente creo que no es factible vivir todo el tiempo con la conciencia en alerta. Es imposible, angustiante y desesperante. Eso es tarea de otros, es responsabilidad de otros, de los filósofos digamos…no de un tipo común.
Necesitamos olvidarla por momentos y que la mente vuele sin peso.
Y entonces sí, a pesar de la conciencia advierte que todo es un negocio, uno tiene ganas y ahí se larga a creer que la pelota rueda impulsada por el amor a la camiseta del 10 y no por los billetes del sponsor, que el árbitro realmente se equivocó involuntariamente, que la luz lo cegó justo y  cobró ese penal por un error –al que como todo ser humano es susceptible- y no porque algún gordo de habano en la platea gane unos cuantos billetes más a partir de la sanción.
La conciencia se relaja y uno se permite soñar con que algo puro queda en el juego.

Podríamos quizás tener el tupé de afirmar que ser inconsciente es ser ignorante.
Pero seamos sinceros, ser inconsciente a conciencia es divertido. Es saber que uno está quebrando las reglas. Las propias, las sociales, las que están escritas y hasta las que no se conocen pero que uno sospecha de que por ahí deben de andar. Y hay ahí una sensación de libertad, de animalidad, que permite experimentar un goce.
Es correr desnudo por la playa, sin mochila a cuestas, sin cultura encima, sin mirada que juzgue… es la niñez temprana, antes de que la encerremos y reprimamos.
Eso sí, siempre y cuando las consecuencias de la acción recaigan sobre uno mismo. Sino uno se transforma en un verdadero hijo de puta, que se caga en los demás, y eso no está bueno, no?

Convengamos en que la conciencia en sí no es ni buena, ni mala. Es. Y con eso le basta. Es propia del funcionamiento de uno, y de cómo interactuamos en razón de nuestra definición, de nuestro discernimiento, sobre lo bueno y lo malo.
Hay veces que la obturamos en pos de un objetivo, intentamos engañarla, algunos más, otros menos, de dibujarle un sentido de la acción que busca refugiarnos de la sanción. Y el enojo de la conciencia, que se da en su mero aparecer y persistir, es un castigo terrible.
Porque no deja escapatoria dentro de uno mismo, porque no se puede borrar o ignorar sin dejar de ser uno mismo. La individualidad se desdibuja y deja paso al ser en masa, uniformado, standarizado.
No se salva ni se redime con una moneda al pibe del semáforo, ni con una sobredosis de televisión, ni con la caridad… en todo caso esas acciones la adormecen, pero siempre está el resquicio por donde se filtra y se presenta, y explota, estalla.
Y ahí surge la valoración, la carga positiva o negativa de la cosa en sí, y en dicho reconocimiento se encuentra también el propio, de los límites y fortalezas propias de hasta donde llego para modificar lo que veo, percibo, vivo.

Calentamiento-Global -Adriana Marta Kahnert
-2do.-Premio Cat. Conciencia V Concurso Anual Internacional de Artes Plásticas “Crepúsculo”

Veamos, creo en que coincidimos si decimos que “El mundo se va al carajo, y cada vez a una velocidad mayor”. La contaminación y la superpoblación junto con el consecuente deterioro de los recursos nos condenan. A uno, a  aquel y al resto de todos nosotros. La persecución de la ganancia, el desarrollo capitalista, la sobreabundancia de bienes que se descartan de un día al otro, la frenética carrera en pos de…que nos lleva hacia la nada misma.
Todo nos va conduciendo, paso a paso, rumbo a una extinción en masa, o al menos hacia un escenario bastante apocalíptico.
Y a pesar de ello seguimos, empecinados… seguimos. Como si el mero estar diera derecho, y como si este derecho se limitara al tener cosas, objetos, que es definitiva nos cosifican y definen nuestra existencia en la mera acumulación.
Y ahí nos desdibujamos, Como si no existiera el deber o responsabilidad para con nuestro entorno, para con los demás, para con el ambiente… No basta con la información para tomar conciencia. No, hay que tener ganas de tomar conciencia, sino la información resbala.
No alcanza con experimentar en carne propia –inundaciones, sequía, polución, enfermedades, extinción de especies, desertificación- por que lo que no tenemos es la sensibilidad suficiente como para entender y actuar.
Es más, quizás lo que ocurre es que en muchos casos la información paraliza. El miedo paraliza. Y de ahí, la negación. Es mejor no ver, o fingir no ver.
Y en el marco de una cultura de puro hedonismo, reprimo lo que veo, y recreo y vivo una realidad negadora y paralela.
Ignoro la miseria circundante, y me refugio temporariamente en las simbólicas fortificaciones de un country, o en las trincheras de un televisor de alta definición que atrapan mi mirada en un punto fijo, la mirada perdida que todo lo ve… y que nada ve.
Una mirada ausente de seres presentes y reales.
La realidad se mediatiza y se transforma en lo que deseo en el momento, una sucesión de figuras y repeticiones de emociones que no generan en nosotros nada más que una fantasmagórica sensación de vida.
No hay riesgo porque lo que emociona, aterra, divierte, acompaña, en realidad no existe.
No puede afectarnos realmente, es sólo una imagen o un relato. Es irreal, lo sé. Falaz y pasajero, lo sé. Pero moldeable o moldeada por otro que no me juzga, que no me mira en el interior.
Se trata de un refugio negador y suplantador de una realidad por otra. Porque en esa negación soy intocable. La imagen representada puede generar emociones y reacciones que no son más que representaciones de lo que uno debe sentir. Si hay que reír río,  sin hay que indignarse, me indigno, si hay que llorar, lloro. Pero por sobre todas las cosas no soy responsable, no tengo el menor grado de responsabilidad sobre los que pasa. Otros han tamizado las cosas por mí.  Y sólo gozo con las sensaciones que me invaden, pudiendo mutar en cualquier momento entre una u otra, con sólo pulsar con mi pulgar la tecla adecuada.
Le doy una importancia mayor a la imagen televisada de la miseria, que a la miseria que vive a mi lado. Y soy capaz de reaccionar con aquella de la que no me siento responsable. Porque la conciencia encierra también culpa. Y el ego se lleva a patadas con la misma. Y la culpa viene de la mano de la responsabilidad, anulada una, anulo a la otra.
Y así, poco a poco vamos tomando conciencia de que no existe esa sociedad solidaria que pareciera ser la base de todo discurso político y de las instituciones que nos forman o conforman.
No, no existe.
Podemos jugar a pensar que existe una sociedad caritativa, que dona lo que le sobra, que se compromete hasta un “Me gusta” o un comentario indignado desde el Facebook.
No, no empecemos a contar y a gritar los casos particulares que conocemos de “fulano es solidario, mengano se compromete”. No, estoy hablando del concepto amplio de sociedad.
Nos gusta representarnos a nosotros mismos con la empatía por el otro a flor de piel.
Pero no confundamos la sensibilidad, o sensiblería, que se dispara por la imagen de un oso polar con calor en un zoológico, con el compromiso con el medio ambiente. No confundamos la manta agujereada que se dona en la iglesia, con el compromiso cristiano. No jodamos.
No jodamos cuando somos incapaces de pasar de la indignación a la acción. Indignación que salvo raras excepciones, son reacciones espasmódicas, motivadas por lo que la pantalla decide que indigne.
Es ahí, cuando la idea de una sociedad solidaria se nos escurre como la arena entre los dedos. Es una toma de conciencia de que se trata sólo de una visión romántica que cada vez, se torna más difusa y lejana.